Una mujer de 100 años

Leonor Oyarzún Ivanovic

(10 de marzo de 1919)

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Fue la esposa que acompañó al Presidente Patricio Aylwin hasta su partida. Es la madre de 5 hijos, abuela de 17 nietos, bisabuela de 16 bisnietos. Matriarca de una familia de la cual ha sido el soporte principal. Ha tenido siempre una casa de puertas abiertas, donde hay espacio para reír, conversar, discutir y consolar. Es la casa de todos, también el refugio de muchas personas que ella recibe con alegría, sentido del humor y generosidad.

Siendo la mayor de 6 hermanas mujeres, las ha sobrevivido a todas. Su padre murió cuando ella tenía 18 años y la menor de sus hermanas, sólo 6. Debió afrontar con su madre la responsabilidad de conducir y mantener a su familia. Las 7 mujeres vivían en una casa en calle Echaurren y sus veranos transcurrían en una vieja casona de campo en Santa Cruz, que amaba.

Leonor fue siempre inquieta, culta y activa. Mujer de fe y con una fuerte vocación social, durante su juventud participó en la Acción Católica. En ese tiempo supo de la existencia de Patricio Aylwin a través de la lectura de un artículo firmado por él que llevaba por título “La verdad sobre el carbón”. Impresionada con el relato le preguntó a una amiga quién era su autor. Ella los presentó en una fiesta de fin de año. Se casaron meses después, en la Iglesia de Las Agustinas, el 2 de octubre de 1948.

Vivieron en San Bernardo, para luego instalarse en una casa de la comuna de Ñuñoa y más tarde, en 1956, en la casa de calle Arturo Medina, donde vive hasta hoy.

Amante de la naturaleza y de la lectura, en especial, de novelas históricas, en más de una ocasión Leonor ha afirmado: “He aprendido de la política a través de mi marido… pero la verdad es que siempre mi vocación ha sido la acción social.”

Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, Leonor fue una de las fundadoras y la primera vicepresidenta de CEMA, que organizó a las mujeres pobladoras en Centros de madres.

En 1967 ingresó a estudiar al Instituto Carlos Casanueva, titulándose de orientadora familiar y juvenil, labor que desarrolló durante 15 años en el grupo Crecer, que formó junto a otras egresadas en 1974. Siempre mantuvo un trabajo con mujeres de sectores vulnerables en Santiago, dejando de ejercerlo cuando llegó a La Moneda en marzo de 1990.

El recuerdo de aquel día se mantiene vivo para esta mujer: “Fui testigo de cómo renacía nuevamente la solidaridad y el empeño por construir una nueva sociedad. Se puso énfasis en que los ciudadanos vivieran en una patria que los acogiera, que fueran parte de un territorio donde el respeto y la preocupación del gobierno que el pueblo escogió libremente, le abriera senderos de recuperación.”

El título de Primera Dama lo desechó de entrada; se calificó como “una mujer chilena, como cualquier otra, cuyo ámbito ha estado en su misión de madre y esposa, en su profesión y en la realización de sus inquietudes de ayuda al prójimo.”

Durante el gobierno de Patricio Aylwin asumió el desafío de responder a grandes expectativas. Debió hacerse cargo de FUNACO (Fundación Nacional de Ayuda a la Comunidad), transformándola en la Fundación Nacional para el Desarrollo Integral del Menor, INTEGRA, profesionalizando su labor y orientándola hacia la educación inicial de niños de dos a seis años de familias de extrema pobreza, incorporando entre ellos a menores discapacitados y provenientes de diversas etnias. “La instauración de INTEGRA significó la transformación de una institución asistencial a una educativa, profesionalizando sus servicios, incorporando educadoras de párvulos y convirtiendo a las funcionarias en auxiliares, para transformar los centros abiertos en jardines infantiles. Ayudar a los niños es una inversión social y un imperativo moral”, recuerda con orgullo.

Respondiendo a las aspiraciones de las mujeres pobladoras, creó también la Fundación de Promoción y Desarrollo de la Mujer, PRODEMU, en apoyo a unas 200 mil mujeres, con el propósito de apoyar su inserción social mediante programas de formación e información.

Preocupada también por la realidad de la familia, impulsó a través de la Fundación de la Familia, programas de recreación en el mundo popular, así como talleres de desarrollo personal, de expresión artística y orientación jurídica y social.

Fueron tiempos de mucho simbolismo; el mundo contemplaba expectante la transición a la democracia de nuestro país, considerándola como una de las más exitosas de Latinoamérica. A ello contribuyó Leonor Oyarzún, quien asegura, con tono de satisfacción, que hacerlo “le dio sentido a su vida, ayudando a restablecer una sociedad que superara la división entre unos y otros”.

Una mujer de 100 años que ha sido, antes que todo, una chilena comprometida con su tiempo. Mujer sensible, abierta y sencilla; soporte fundamental para su marido y su familia; representante de las mujeres chilenas que con sus valores y sus acciones han contribuido a crear una sociedad más justa y más digna.