UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)
Un espíritu joven en un viejo partido: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935) / De la Acción Católica a la acción política
De la Acción Católica a la acción política
La “entrada en acción” de este naciente movimiento juvenil se produjo con su participación en la movilización colectiva que condujo al derrocamiento del general Carlos Ibáñez en julio de 1931, acontecimiento que abrió un periodo de agitación política e incertidumbre institucional.
Tras la caída del general Carlos Ibáñez, Juan Esteban Montero asumió primero como vicepresidente y luego, en octubre de 1931, como presidente electo, en un contexto marcado por huelgas, protestas y levantamientos militares. Su breve administración dio paso a una sucesión de juntas y gobiernos efímeros: el poder recayó inicialmente en la Junta encabezada por el general Arturo Puga y luego en Carlos Dávila. En junio de 1932 se proclamó la República Socialista de Chile, experiencia que apenas sobrevivió doce días antes de derrumbarse. Poco después, entre agosto y septiembre de ese mismo año, Dávila volvió a ocupar la presidencia, hasta ser reemplazado por Bartolomé Blanche, quien encabezó un nuevo gobierno de transición. La crisis comenzó a encauzarse con la convocatoria a elecciones generales, y en octubre de 1932 Arturo Alessandri Palma, con el apoyo de los partidos Liberal y Radical, fue elegido presidente, regresando a La Moneda tras once años para inaugurar su segundo gobierno (1932-1938).
Este periodo coincidió con la presidencia de Gumucio en el Partido Conservador, quien había asumido en agosto de 1931. Con él, la colectividad tomó una posición marcadamente civilista, iniciándose un periodo de recuperación que en pocos meses le dio cohesión y estructura a nivel nacional. Pero sin duda, uno de los mayores aportes de Gumucio sería su ‘cruzada’ destinada a reclutar jóvenes. Más que un proyecto ideológico o una línea doctrinaria claramente definida, su iniciativa respondía a una necesidad práctica: la escasa presencia juvenil en el partido revelaba su creciente desgaste y anticipaba la amenaza de una eventual desaparición.
En efecto, tras las elecciones parlamentarias —realizadas conjuntamente con las presidenciales— había comenzado a perfilarse un nuevo sistema político, caracterizado por el retroceso del multipartidismo y por el reordenamiento de las fuerzas en torno a tres grandes tendencias: centro, izquierda y derecha, con el Partido Radical cumpliendo un rol de contrapeso entre los extremos (Moulian y Torres, 1987, pp.27-28). Mientras la izquierda, organizada en dos partidos (PS y PC), daba inicio a un espiral de crecimiento en la competencia electoral, el Partido Conservador había caído tres puntos respecto de las elecciones anteriores, lo que, a juicio de Gumucio se debía a “que los católicos no cumplen con su deber político: solo un 13% lo cumple y el 87% restante no lo cumple” (Rafael Luis Gumucio, 1933, p. 13).
Para entonces, el grupo de jóvenes católicos había redactado un memorándum donde resumía el pensamiento que los congregaba: “Debemos aspirar a la sustitución del actual concepto atomista de la sociedad política por el organicista y, en consecuencia, implantar necesarios correctivos al sufragio universal y propender a que una de las Cámaras represente la organización de los intereses mientras la otra continúe reflejando las opiniones. En el orden social, corregir las funestas que consecuencias de la libertad de trabajo por la corporación, que servirá además, para reemplazar paulatinamente el sistema de salario por otro que establezca más estrechos vínculos entre el capital y el trabajo. Conviene ir pronto a la subdivisión de la propiedad agrícola hasta conseguir que cada familia tenga la suya porque dado este paso se opondrá el más serio obstáculo a la propaganda subversiva. En el orden económico, robustecer nuestras fuentes productivas y con ello alcanzar una estabilización de la moneda que se sostenga no con el oro extranjero sino por la vitalidad de nuestro organismo productivo” (Silva Bascuñán, 1949, p.14).
Aunque el ideario estaba ya más o menos definido y existía la voluntad de mantenerse unidos, la duda persistía respecto de dónde llevarlo a la práctica. Los tres sacerdotes que habían guiado su formación se oponían al ingreso de los jóvenes a los partidos políticos y preferían alentarlos al estudio, al cultivo del sentido crítico y al desarrollo de una personalidad capaz de remecer y conquistar a la masa católica. La abstención política aparecía, en ese sentido, como una posible vía de acción para sus ideales. La otra alternativa era ingresar al Partido Conservador. Sin embargo, la mayoría rechazaba esta opción, pues lo miraban con desconfianza por su actitud colaboradora con el gobierno de Ibáñez y lo consideraban aferrado al orden tradicional y al liberalismo económico, en consecuencia poco receptivo a las inquietudes sociales y reacio a las propuestas de renovación que ellos aspiraban a impulsar.
