El voto en Chile podría cambiar el destino de los mapuche y los migrantes

Chile se prepara para una votación que el país no ha visto en décadas. No se trata solo de una nueva constitución, sino de qué tipo de país quiere ser. En las calles aumentan los conflictos, y en los titulares aparecen palabras que hasta hace poco eran tabú: racismo, discriminación, desigualdad étnica.

Muchos vinculan esta tensión al agotamiento del modelo actual. La constitución escrita en tiempos de dictadura no refleja una nación diversa. Chile es un lugar donde los pueblos originarios luchan por reconocimiento y los migrantes por el derecho a simplemente existir.

El sur del país vuelve a estar envuelto en humo. Todo comenzó con la huelga de hambre de Celestino Córdova, líder espiritual mapuche, que exigía cumplir su condena en arresto domiciliario por el riesgo de COVID en las cárceles. Decenas de presos se unieron a la protesta. El apoyo llegó rápido: miembros de la comunidad mapuche ocuparon la municipalidad de Curacautín y exigieron respeto y autonomía.

La respuesta fue dura. La policía desalojó a los manifestantes. A ellos se sumaron vecinos armados con palos y piedras. Hubo autos incendiados, insultos y agresiones. Un video con golpes y gritos racistas se viralizó en redes sociales.

Luego vinieron los incendios. Camiones en la Ruta Panamericana ardieron uno tras otro. Una niña de nueve años recibió un balazo en la espalda mientras su padre transportaba mercancía. Los conductores iniciaron una huelga: no pedían promesas, pedían protección.

Chile ha cambiado mucho en los últimos diez años. El número de migrantes se cuadruplicó. La mayoría proviene de Venezuela, Perú y Haití. Ahora se escuchan otros idiomas, se ven rostros distintos, hay nuevas familias buscando vivienda y trabajo.

Con ese cambio, llegó el miedo. En redes sociales proliferan hashtags que culpan a los migrantes de la falta de empleo, la caída de los salarios y el aumento del crimen. Muchos usuarios chilenos han notado esta tendencia. La comunidad haitiana, en especial la afrodescendiente, es blanco frecuente de estos discursos. Y los políticos no se quedan atrás: por primera vez, en las campañas aparece el tema de “proteger la nación”.

Expertos advierten que culpar a los migrantes por las crisis es peligroso. Pero la lógica es sencilla: si no hay trabajo ni dinero, el culpable parece ser el que está más cerca. Así nace el odio. Mientras tanto, los propios migrantes suelen tener dificultades para integrarse. Por eso muchos terminan viviendo en zonas pobres, donde abundan distintos tipos de adicciones: desde el alcohol hasta el juego. Por supuesto, no se puede generalizar. La mayoría puede disfrutar sin consecuencias de los juegos de disparos o de choque, incluso en la versión demo gratuita. Pero algunos realmente muestran un comportamiento problemático con respecto al juego, lo que agrava aún más la situación. Las adicciones también afectan a los propios chilenos.

La constitución vigente fue redactada en los años 80, bajo la dictadura. No menciona que Chile pueda ser un país plurinacional. Solo existen los “chilenos”. Algunos dicen que así debe seguir. Otros reclaman el reconocimiento de quienes estaban aquí mucho antes de que existiera el Estado.

El pueblo mapuche quiere que su lengua, cultura y tierras estén protegidas por la ley. Algunos proponen incluir el concepto de plurinacionalidad en la nueva constitución, como ya hizo Nueva Zelanda. Este cambio podría beneficiar también a los migrantes, que hoy no tienen una base legal que los respalde.

Pero esto va más allá de una corrección en el texto. Sería reconocer que el país ya no es como lo imaginaban desde Santiago.

Todavía hay quienes creen que Chile es una nación descendiente de Europa. Esta imagen fue reforzada durante años por la escuela, los medios y la política. A las personas con otro color de piel o apellidos que no suenan españoles, se las ignora o se las invisibiliza.

A los pueblos originarios se les dijo durante décadas que su cultura era folclore, no parte del país. A los migrantes, que eran temporales, aunque lleven años aquí. Pero ahora es difícil ocultarlo. Hay demasiados rostros distintos. La verdadera pregunta es si Chile está listo para reconocerlo en su ley fundamental. El voto lo dirá.