Nuestro abuelo era alto, viejo y sabio. Nos miraba a los ojos cuando hablaba, también cuando escuchaba. Con él no había preguntas tontas: había preguntas, y eso bastaba para que las respondiera como responden los maestros que nunca se olvidan.
Nuestro abuelo se vestía como abuelo, en tonos grises y café. Juró que nunca pisaría un mall. Y no lo hizo. No por capricho, sino por coherencia con su forma de estar en el mundo.
Una noche de verano, cuando éramos adolescentes, nos pidió el casete de Los Prisioneros para entender en qué andábamos. Tiempo después, en un discurso para cientos de jóvenes dijo: “no quiero que sigan chuteando piedras”. Para él, escuchar, tenía que ver con hacerse cargo.
En Algarrobo, se subía a un muro y sacaba un pañuelo blanco para saber hacia dónde iba el viento. También gozaba adivinando cuánto medían los álamos que se movían a lo lejos, saboreando el dulce de camote, o la uva rosada con pepas.
Nuestro abuelo inspiraba respeto, sin levantar la voz. Tenía manos de pianista, pero no tocaba el piano. Escuchaba música clásica en una radio casetera y nos recitaba poemas, algunos de memoria, otros desde libros viejos, pero intactos.
Los domingos nos llevaba caminando, con pasos largos y un bastón, hasta la Virgen del Cerro San Cristóbal. En el almuerzo jamás se sentaba hasta habernos servido algo de tomar a cada uno, luego se instalaba a la izquierda de mi abuela. Ella ocupaba la cabecera.
Nuestro abuelo nos acompañaba hasta la puerta de calle cuando partíamos. Uno se alejaba en el auto y lo veía por el retrovisor, en la vereda, en paz, con la actitud del que sabe que la vida tiene un sentido que nos trasciende.
Caminaba por el barrio después de almuerzo y se permitía dormir 20 minutos de siesta.
Suspiraba con sonido, se reía fuerte, se mordía el índice empuñado si tenía rabia y entonaba melodías cuando estaba contento. “Contento señor contento”, “¡Ay, señor!”, “El nombre sea de Dios”, “Solo los tontos se aburren”, “Soy un viejo conservado, pero no conservador”, “Señorita”, “¡Jovencito!”, “El creí que y el pensé que: son hermanos del tonteque”…
A diez años de su partida aún resuenan sus frases.
Mi abuelo puso tal cara de desconcierto cuando una tarde, en broma, aparecí con un aro en la nariz, que en ese mismo instante supe que nunca me la perforaría de verdad. No por obediencia, sino porque nunca quise causarle ningún malestar, por nimio que fuera: porque mi abuelo era un hombre bueno, profundamente bueno.
No le gustaba que sus nietos anduviéramos con walkman, quizá porque temía que, en ese dejar de escuchar el mundo, perdiéramos la conexión con el prójimo, el próximo: el que va a tu lado, ese que siente, que añora, que necesita y existe más allá de ti y tus propios deseos. Porque nuestro abuelo nos enseñó a tener conciencia del otro. No con sermones, ni con advertencias. Nos enseñó de la única manera que permanece en el tiempo: con el ejemplo.
Gracias. Siempre gracias, abuelo querido.
Paz

