Despedir a Camilo Escalona es despedir a un hombre cuya vida estuvo profundamente unida a la historia del socialismo chileno y, al mismo tiempo, a la larga tarea de recuperar, consolidar y proyectar nuestra democracia.

Camilo perteneció a una generación que conoció desde muy joven la fractura de Chile. Vivió la persecución, el exilio y el dolor de ver destruidas las instituciones democráticas. Pero también fue parte de la generación que comprendió que la democracia no podía recuperarse profundizando las divisiones del pasado, sino reconstruyendo la confianza entre quienes, desde distintas tradiciones políticas, compartían un compromiso esencial con la libertad, la justicia y la dignidad humana.

Esa convicción permitió el reencuentro de socialistas, demócrata cristianos, radicales y otras fuerzas democráticas. No fue una coincidencia circunstancial ni una simple fórmula electoral. Fue un aprendizaje histórico: cuando los demócratas se dividen hasta dejar de reconocerse, la democracia entera queda expuesta. Cuando son capaces de encontrarse, sin renunciar a sus identidades, Chile avanza.

Camilo Escalona contribuyó activamente a ese reencuentro. Lo hizo desde sus propias convicciones, que defendió siempre con firmeza. Fue un socialista orgulloso de su historia, profundamente vinculado al mundo de los trabajadores y convencido de que la política debía ser un instrumento de transformación social. Pero entendió también que ninguna fuerza política puede construir por sí sola una sociedad democrática, más justa y solidaria.

Patricio Aylwin sostenía que la democracia no consiste únicamente en elegir autoridades o respetar determinados procedimientos. Es, antes que nada, una forma de convivencia. Exige reconocer la dignidad del otro, aceptar la diversidad, buscar acuerdos y comprender que quien piensa distinto no es necesariamente un enemigo. Camilo, desde una tradición política diferente, llegó a compartir esa misma certeza.

En más de una ocasión destacó en Patricio Aylwin la combinación de firmeza y modestia, de autoridad y humildad, de sagacidad y flexibilidad. Reconoció en él una manera de ejercer el poder que reemplazó el abuso por el diálogo. Esas palabras hablaban de Aylwin, pero también revelaban la evolución y la madurez política del propio Camilo.

No siempre estuvieron en la misma vereda. Antes de 1973 pertenecieron a sectores enfrentados y tuvieron miradas distintas sobre el curso que debía seguir el país. Camilo nunca ocultó esas diferencias ni renunció a su interpretación de la historia. Sin embargo, tuvo la honestidad de reconocer las responsabilidades compartidas en la ruptura democrática y la grandeza de valorar a quienes, desde otras posiciones, ayudaron posteriormente a reconstruirla.

En eso consiste la verdadera reconciliación democrática: no en borrar las diferencias, silenciar las heridas o exigir el olvido, sino en aprender de la historia para que nunca más las discrepancias políticas conduzcan a la negación del otro.

Camilo fue diputado, senador y Presidente del Senado. Presidió en distintas oportunidades el Partido Socialista y asumió hasta sus últimos días la responsabilidad de contribuir a su unidad. Ejerció esos cargos con la conciencia de pertenecer a una historia colectiva mucho más extensa que su propia trayectoria. Entendió la política como vocación, como organización y también como deber.

Fue un hombre de convicciones fuertes, de carácter resuelto y de palabra directa. Como toda figura pública que participó intensamente en las disputas de su tiempo, despertó adhesiones, resistencias y controversias. No corresponde ocultarlo. La vida política auténtica no se construye desde la comodidad ni deja a sus protagonistas al margen de los conflictos. Pero incluso quienes discreparon de él reconocieron su consecuencia, su capacidad de trabajo y su lealtad hacia las causas que hizo suyas.

En el centro de esas causas estuvieron siempre los trabajadores, la superación de la pobreza, la justicia social y la defensa de la democracia. Para Camilo, la libertad política carecía de plenitud si no iba acompañada de condiciones que permitieran a cada persona vivir dignamente. En ese punto volvía a encontrarse con el pensamiento de Patricio Aylwin: la democracia no puede conformarse con garantizar derechos formales mientras persistan desigualdades que excluyen a parte de la sociedad de sus beneficios y oportunidades.

Su muerte ocurre en momentos en que Chile vuelve a experimentar la tentación de encerrarse en posiciones irreconciliables. El debate público se hace con frecuencia áspero y descalificador; el adversario vuelve a ser presentado como alguien moralmente indigno, con quien no habría nada que construir. La vida de Camilo nos recuerda que las diferencias más profundas pueden coexistir con el respeto y que los acuerdos democráticos no exigen abandonar las convicciones, sino ponerlas al servicio de un bien superior.

Camilo sabía que la unidad no significa uniformidad. Sabía también que alcanzar acuerdos no es señal de debilidad, sino una de las formas más exigentes de la responsabilidad política. La democracia necesita convicciones, pero también humildad; necesita voluntad de cambio, pero igualmente paciencia para construir mayorías; necesita memoria, pero una memoria capaz de iluminar el porvenir y no de condenarnos a repetir las divisiones del pasado.

Hoy despedimos a un dirigente socialista, a un servidor público y a un protagonista de la reconstrucción democrática. Pero despedimos también a un hombre que, después de recorrer un largo camino político, fue capaz de reconocer el valor de quienes provenían de tradiciones diferentes de la suya.

En una de sus reflexiones sobre el gobierno de Patricio Aylwin, Camilo afirmó que aquel período había promovido un reencuentro espiritual entre los chilenos. Esa expresión resume también una tarea a la que él mismo contribuyó: volver a reunir a quienes habían aprendido, dolorosamente, que la democracia solo puede sostenerse sobre el respeto, el diálogo y la voluntad de convivir.

Su partida deja un vacío en su partido, en la izquierda chilena y en la comunidad democrática. Pero deja también una responsabilidad. Honrar su memoria no consiste únicamente en recordar sus cargos o repetir sus discursos. Significa continuar la tarea de construir un Chile en que la justicia social y la libertad no sean aspiraciones contrapuestas; en que la política recupere su vocación de servicio; y en que las diferencias no destruyan aquello que entre todos debemos cuidar.

A su familia, a sus compañeros y a quienes compartieron con él tantos años de lucha y trabajo, expresamos nuestra cercanía y nuestro afecto.

Camilo Escalona ha concluido su camino. Queda su contribución a la democracia, su compromiso con el socialismo y su persistente llamado a la unidad.

Que su memoria nos ayude a reencontrarnos, una vez más, en aquello que Chile necesita y merece.