Se conmemora un nuevo aniversario del natalicio del Padre de la Patria Bernardo O’Higgins. Recordamos aquí su ideario, tal como lo evocó el presidente Patricio Aylwin en los discursos conmemorativos que cada 20 de agosto, durante los cuatro años de su gobierno, pronunció en Chillán, destacando el patriotismo, la vocación de servicio, la fe en las instituciones, el sentido social y la visión de futuro que guiaron su vida y obra.
Patriotismo con sentido
Para Aylwin, el patriotismo de O’Higgins iba mucho más allá de la “liturgia y el rito” de los símbolos nacionales. Respetaba y valoraba la bandera, el himno y los desfiles, entendiendo que su verdadero significado radicaba en un compromiso profundo y cotidiano con la comunidad nacional.
El propio O’Higgins, recordaba el presidente, “tenía mucho que perder y nada que ganar” al embarcarse en la causa de la independencia. Hijo de una familia acomodada y propietario de la Hacienda Las Canteras, renunció a la seguridad y prosperidad personal para servir a la Patria. Esta actitud no fue un gesto aislado, sino la expresión de una jerarquía clara de valores en la que el bien común ocupaba el primer lugar.
Ese patriotismo se manifestó con igual fuerza en el campo de batalla y en la gestión de gobierno. En lo militar, guiado por el ideal de una patria libre, O’Higgins asumió riesgos decisivos en Rancagua, Chacabuco y Maipú. En lo civil, ejerció su autoridad con sentido de justicia, respeto a la ley y clara prioridad por el bien común, buscando consolidar la institucionalidad de la República y fortalecer la unidad nacional. Todas sus iniciativas tuvieron un claro propósito: que la gente pudiese vivir en condiciones más justas.
A juicio del gobernante, este enfoque demostraba que el patriotismo no se agota en la defensa militar del territorio, sino que se prolonga en la construcción de un país más equitativo y próspero. El desafío de la transición democrática era reivindicar este patriotismo, lo que implicaba anteponer siempre el interés de la nación a las ventajas políticas de corto plazo, tal como lo hizo el Padre de la Patria.
Democracia e institucionalidad
Uno de los legados más trascendentes de O’Higgins, según el exjefe de Estado, fue su carácter de “primer institucionalizador en Chile”. En un periodo en que las jóvenes repúblicas americanas se vieron atrapadas por el caudillismo y la inestabilidad, el Libertador buscó cimentar un Estado de derecho sólido, basado en la soberanía popular, la separación de poderes y el respeto a la ley.
A pesar de estar investido de poderes extraordinarios tras los triunfos militares, “no tuvo vocación de caudillo militar ni de dictador”. Lejos de perpetuarse, impulsó reglamentos, constituciones y estructuras administrativas que acotaban su propio poder, convencido de que la autoridad debía emanar de normas permanentes y no de la voluntad personal.
Su enseñanza, según Aylwin, era clara: las instituciones deben ser “permanentes, que den estabilidad a la República” y su fortaleza radica tanto en su legitimidad como en su capacidad de generar consenso. Este principio fue particularmente relevante en la transición democrática de los años noventa, cuando el desafío no era solo restaurar un régimen representativo, sino perfeccionarlo para que expresara la voluntad de una mayoría amplia y no solo de un sector.
En esa línea, veía el afán institucionalizador de O’Higgins como una guía para el presente: consolidar la democracia exigía acuerdos nacionales, reformas políticas y reglas del juego estables que fueran aceptadas por todos. Tal como el Libertador había concebido un Estado fundado en leyes que trascienden a los hombres, el presidente entendía que la democracia contemporánea debía construirse sobre normas consensuadas, capaces de sostener la paz interna, proteger las libertades y proyectar el desarrollo del país más allá de coyunturas políticas.
Fuerzas Armadas como instituciones nacionales
Uno de los ejes reiterados por Aylwin en sus discursos conmemorativos fue la concepción que O’Higgins tenía de las Fuerzas Armadas: “instituciones al servicio de toda la nación, no de caudillos, no de bandos ni partidos”. Como fundador del Ejército y de la Escuela Militar, el Libertador las imaginó como pilares permanentes de la unidad nacional, comprometidas con la defensa de la soberanía y el Estado de derecho, y no como instrumentos de intereses facciosos.
Esta visión se sustentaba en un principio de profesionalismo y neutralidad política: los hombres de armas debían ser servidores de la Patria entera, respetados por su disciplina, su valor y su aporte a la estabilidad, y no actores en las disputas coyunturales. O’Higgins, durante su gobierno y en su exilio, mantuvo esta convicción, rechazando cualquier intento de usar a las instituciones militares para reconquistar el poder o favorecer un sector sobre otro.
En su discurso de 1993, el mandatario reconoció que, en el Chile contemporáneo, esa concepción enfrentaba una contradicción: por un lado, persistía el respeto histórico del pueblo hacia sus soldados; por otro, la ruptura del orden constitucional en 1973 y las violaciones de derechos humanos asociaron a las Fuerzas Armadas con un sector político y las distanciaron de amplios segmentos de la sociedad. Esta situación, advertía, era incompatible con el ideal o’higginiano de una fuerza armada nacional y unificadora.
Inspirándose en el ejemplo del Libertador, apenas asumido, el presidente de la transición propuso a los chilenos un “gran esfuerzo nacional” para cerrar esa brecha. Ese esfuerzo implicaba asumir la verdad de lo ocurrido, procurar justicia sin ánimo persecutorio, y trabajar con grandeza de espíritu para que las Fuerzas Armadas fueran percibidas nuevamente como instituciones de todos los chilenos. En su visión, reconciliar al mundo civil y militar bajo el marco del respeto mutuo y la legalidad no solo era un imperativo moral, sino también una condición esencial para la salud de la República y la fortaleza de la democracia.
Sentido social y visión de futuro
Uno de los rasgos más notables del ideario de O’Higgins, en opinión del expresidente, fue concebir el progreso como una tarea doble e inseparable: “desarrollo social y progreso económico”. El Libertador no entendía el crecimiento material como un fin en sí mismo, sino como un medio para elevar las condiciones de vida de toda la población, con especial atención en los sectores más vulnerables.
Esta convicción se plasmó en políticas y obras concretas. O’Higgins fue un gobernante que impulsó la educación pública como motor del desarrollo, multiplicando escuelas a lo largo del país, reabriendo el Instituto Nacional y fundando liceos en ciudades clave. Creó bibliotecas y fomentó la cultura. También estableció instituciones científicas y militares para fortalecer la capacidad técnica y defensiva del Estado. En salud, fundó hospitales, mejoró las condiciones de higiene urbana y promovió la salubridad pública. En infraestructura, desarrolló obras de regadío como el Canal del Maipo, mejoró caminos y puertos, y transformó espacios urbanos como la Alameda de Santiago.
Pero su mirada iba más allá de las urgencias de su tiempo. Fue artífice de la creación de la Escuadra Nacional, comprendiendo que el destino de Chile estaría ligado al océano Pacífico. Promovió la integración latinoamericana como estrategia para asegurar la independencia y el progreso conjunto de las nuevas repúblicas. Su interés por Magallanes, ese “rincón del último sur de la Patria” —mencionado por el mandatario como una de las últimas preocupaciones vitales del prócer—, anticipaba la relevancia geopolítica y económica de la zona austral.
En opinión de Aylwin, esta visión estratégica debía servir de inspiración en la preparación de Chile para el siglo XXI. En un mundo globalizado y en transformación, la integración al Pacífico y la potenciación de la inteligencia, la ciencia y la capacidad creadora de los chilenos eran la continuación natural de ese ideario o’higginiano. Así como el Libertador había entendido que la grandeza de la Patria se forja en la educación de sus hijos y en la apertura al mundo, el Chile contemporáneo debía asumir que el conocimiento y la innovación eran los pilares del desarrollo sostenible y de la justicia social.
Unidad nacional: tarea permanente
El ejemplo que O’Higgins legó a la historia de Chile no solo estuvo en su conducción militar o en sus reformas institucionales, sino en su capacidad de renunciar al poder cuando estimó que su permanencia podía convertirse en un obstáculo para la unidad nacional. Este gesto condensaba un principio esencial: el interés colectivo está por encima de cualquier aspiración personal o de grupo.
En el contexto de la transición democrática de los años 90, Aylwin rescató este precedente para subrayar que la unidad nacional no se alcanzaba de una vez y para siempre, sino que constituía “una tarea permanente”. Esto implicaba, según su visión, trabajar activamente en superar prejuicios heredados, resentimientos políticos y divisiones ideológicas que habían marcado al país durante décadas.
Magdalena Eichholz / Carlos Bascuñán

