Este 19 de abril se cumplen nueve años del  fallecimiento de Patricio Aylwin. Su figura de hombre público y estadista es reconocida por quienes vivimos el período de la recuperación de la democracia en Chile, proceso en que él jugó un rol protagónico. No así por las nuevas generaciones que no vivieron esa etapa de nuestra historia. Afortunadamente, el pensamiento y obra de Patricio Aylwin, plasmado en numerosas publicaciones de libros, artículos y discursos, están hoy disponibles en el repositorio de la Fundación Patricio Aylwin.

Si nos remitimos a esos documentos, sorprende encontrar en ellos un mensaje tan actual, una preocupación por problemas y disyuntivas similares a los que hoy enfrentamos, y propuestas para abordarlos con coraje y decisión tan vigentes.

En este aniversario de su partida queremos recordar su pensamiento ante diferentes realidades.

Inquieto por la educación y formación de los jóvenes, Aylwin planteó su preocupación por una característica del hombre moderno, que describió como “el reblandecimiento del carácter. El debilitamiento de la voluntad, de la perseverancia, del carácter  y personalidad”.

Siendo hoy los problemas juveniles dramáticos, esas palabras conservan su actualidad. La formación del carácter y no la acumulación de conocimientos en la memoria, es un desafío vigente en nuestra educación. “Inculcar buenos hábitos, sugerir ideales. La capacidad para usar la razón y la voluntad para entender y comprender las cosas, para buscar con ahínco la verdad, para vencer los apetitos inferiores y ser dueños de sí mismos, para entusiasmarse con lo grande y hermoso”.

Y plantea que si bien, el primer deber los estudiantes es prepararse para enfrentar satisfactoriamente las tareas que en el futuro la vida les exija, Aylwin los desafía a mirar los problemas de la comunidad. “Hay problemas que agitan, dolores que gimen e injusticias que claman”.

Otro ámbito de su pensamiento que conserva gran vigencia es el referido al quehacer político, al que dedicó, a través de la Democracia Cristiana, partido al que adhirió para hacer las transformaciones sociales de Chile, parte importante de su vida. Reconoce a la política “como una actividad noble y necesaria para el buen desarrollo de la sociedad y la construcción del bien común”.

Hoy el desprestigio de la política, y especialmente de los políticos ante la opinión pública, es muy preocupante puesto que “la calidad de la política es un factor fundamental para el desarrollo de los pueblos. Sin ella, la democracia se debilita, la gente deja de creer en proyectos colectivos, es difícil conseguir desarrollo económico y que los frutos de éste llegue a todos”.

La calidad de la política considera personas que son “adversarios y no enemigos, que están dispuestos a respetar las diferencias y a unirse en torno a los intereses superiores de la Patria, a reemplazar la violencia y la descalificación mediante la búsqueda de acuerdos a través del diálogo”. “La política requiere de una institucionalidad adecuada. La ausencia de esa institucionalidad puede terminar afectando la vida cotidiana de las personas como lo vivimos durante tantos años, por la crisis de nuestra democracia”.

Aylwin creía en la posibilidad de construir un mundo mejor y en el deber de cada persona de luchar por ello. Su vocación fue la justicia, por eso estudió derecho y por eso derivó en la política. A su juicio, la justicia plena, solo se da en la otra vida, en la que como cristiano él creía.

Por eso, al señalar los criterios de su gobierno en materia de derechos humanos, dijo que se “haría justicia en la medida de lo posible”. “Habría sido ingenuo, me habrían acusado de no cumplir mi palabra, si hubiera dicho que íbamos a alcanzar la justicia plena”.

Aylwin fue duramente criticado, especialmente por las generaciones jóvenes, que al enfrentar sus responsabilidades gubernamentales, han entendido no sin problemas, que las aspiraciones y la realidad son otra cosa y que lo posible entraña un desafío de enorme valor.

Si para recordar el pensamiento de Patricio Aylwin podemos recurrir a sus escritos, recordar su carácter es para quienes pudimos compartir con él, un ejercicio de añoranza por un ser humano de fe, que solo se quebrantó en los oscuros tiempos de la dictadura. Un hombre de esperanza, fácil, cercano, entusiasta. Un admirador de la naturaleza, un hombre que gozaba con los niños. Una persona convencida de que “hay que vivir para algo que no sea uno mismo, hay que ser capaces de grandes entusiasmos y de grandes renunciamientos, hay que saber exaltarse por el júbilo de conocer, por el gozo de la belleza y por la fuerza de las ideas. Hay que saber darse plena y libremente por el amor”.

Y así vivió el día a día, con sencillez, con bondad, alegría y con profundo amor.

Con alguna frecuencia hay personas que se preguntan qué diría Patricio Aylwin hoy, frente a los desafíos de este tiempo y las posibilidades de Chile de prosperar en democracia y con justicia.

Seguro que su respuesta sería, de nosotros depende…

 

Isabel Aylwin Oyarzún