Enrique Krauss Rusque deja la huella de una vida entera dedicada al servicio público, marcada por la sencillez, la lealtad y una profunda fe en la democracia y en el pueblo de Chile. Nacido en Santiago, provenía de una familia de origen provincial que valoraba la educación como herramienta de movilidad y compromiso social. Formado en el liceo fiscal, encarnó la experiencia de toda una generación que, desde la austeridad y el esfuerzo, construyó una vocación pública orientada al bien común.

Estudió Derecho en la Universidad de Chile, donde se graduó como abogado. En sus años universitarios recibió las enseñanzas de su maestro, don Gabriel Amunátegui, de quien aprendió que el derecho y la ley no eran simples normas técnicas, sino “la concreción de las aspiraciones de un pueblo” y, como tales, debían ser respetadas y puestas al servicio de la sociedad. Esta concepción lo acompañó en toda su vida política.

Su carrera pública comenzó tempranamente. Fue académico y ejerció la docencia, transmitiendo su visión humanista del derecho a nuevas generaciones. Posteriormente, se integró a la vida política a través de la Democracia Cristiana, partido en el que desplegó su vocación de servicio. Elegido diputado en 1969, integró un Parlamento convulsionado por la polarización de la época y se destacó por su capacidad de diálogo y búsqueda de acuerdos.

Tras el golpe de Estado de 1973, como muchos dirigentes de la oposición, vivió la represión, la vigilancia y la necesidad de reorganizar la vida democrática desde la resistencia civil. En ese período se convirtió en un articulador de puentes entre distintas corrientes de la oposición al régimen militar, siendo uno de los que creyeron que la salida requería unidad, prudencia y perseverancia.

Con el retorno de la democracia en 1990, Enrique Krauss fue designado ministro del Interior del presidente Patricio Aylwin. Desde esa posición, tuvo la delicada responsabilidad de conducir la política interna en un momento de tensiones entre la naciente institucionalidad democrática y las Fuerzas Armadas que aún conservaban atribuciones heredadas de la dictadura. Fue protagonista en episodios críticos como la denominada “boinazo” (1993), que puso a prueba la estabilidad del gobierno civil. Krauss enfrentó estos momentos con serenidad y sentido de Estado, buscando siempre preservar la gobernabilidad democrática.

A lo largo de su vida desempeñó múltiples funciones públicas: subsecretario, ministro de Estado, vicepresidente de la República, diplomático y embajador. Fue también bombero voluntario, convencido de que el servicio a la comunidad se expresaba en todas las escalas de la vida ciudadana. Su cercanía con el periodismo lo llevó a cultivar una especial relación con la prensa a través de Corusco, espacio que él mismo definía con ironía y afecto: “no fue mi profesión, pero sí mi satisfacción”.

Hombre de pasiones intensas, cultivaba la amistad con generosidad y sensibilidad. El tango fue su refugio y lenguaje íntimo, un modo de expresar sentimientos profundos que, a menudo, no dejaba entrever en la política.

Enrique Krauss fue, en definitiva, un protagonista de la historia reciente de Chile. Su nombre queda ligado a la construcción de consensos en la transición democrática, a la defensa de las instituciones y a una manera de ejercer la política con decencia, prudencia y humanidad.

Hoy parte Enrique —no va solo—, junto a Corusco nos convocan con tristeza a cerrar el ciclo de una vida, pero también a abrir la memoria agradecida de un país que lo reconoce como servidor público, demócrata leal y hombre de una sola pieza.

Semblanza de un servidor público