UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)

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Estatutos e ideario político

 

Durante la convención el Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora aprobó su régimen estatutario y expuso con claridad la solidez de sus ideales.

La aprobación de los estatutos significó un hito decisivo en la trayectoria del Movimiento, pues le permitió pasar de ser una agrupación juvenil en ciernes a constituirse en una organización dotada de una estructura y con liderazgos reconocidos, además de legitimada por el Partido Conservador.

Esto en lo general. Sin embargo, yendo a lo particular, el régimen estatuario con que nació el MNJC favoreció una organización cohesionada y disciplinada, capaz de proyectarse con fuerza en el escenario político juvenil. Al mismo tiempo, dicho marco normativo estimuló en sus integrantes un fuerte sentido de identidad colectiva y de misión histórica que, si bien reforzó su unidad interna, acentuó la distancia con el conservadurismo tradicional —interesado más en integrar a sus jóvenes a la disciplina partidaria, reforzar su dependencia orgánica e influir en su formación política que en abrirles espacios efectivos de participación—, abriendo así el camino al proceso que culminaría en la creación de la Falange Nacional.

Los estatutos señalaban: “Se crea una organización general de la Juventud Conservadora de Chile, dependiente de la Junta Ejecutiva del Partido Conservador, cuyo objeto es la formación de los jóvenes que a ella pertenezcan y la difusión de los ideales del Partido Conservador, por medio del estudio, la acción y la propaganda en centros organizados. En lo demás, la acción política de los jóvenes deberá efectuarse dentro de los organismos oficiales del Partido Conservador”. 

Más de adelante, precisaban que “Pertenecerán a la Juventud Conservadora, las personas que, aceptando los principios y programas del Partido Conservador, cumplan con los requisitos siguientes: a) Haber suscrito los registros del correspondiente organismo de la Juventud Conservadora; b) Tener 16 años de edad y no más de 35; y c) Los mayores de 21 años deberán estar inscritos en los Registros Electorales” (Silva Bascuñán, 1949, pp. 46-47).

En primer lugar, no deja de llamar la atención que, de acuerdo a sus estatutos, el MNJC dependiera directamente de la Junta Ejecutiva del Partido y no formara parte de su estructura orgánica. Esa ubicación institucional —externa a las instancias formales del Partido— le otorgaba un margen de autonomía que le permitiría, en el mediano plazo, desarrollar iniciativas propias y un ideario diferenciado. Lo segundo que es necesario destacar es que para pertenecer al MNJC no era necesario militar en el Partido Conservador. Esta disposición, aparentemente secundaria, tendría sin embargo consecuencias de largo alcance y sería una de las razones que explican las fuertes tensiones que a partir de octubre de 1935 comenzaron a surgir entre el Partido Conservador y el MNJC.

Durante la convención se aprobó también la Declaración de Principios del Movimiento (Lircay, 8 de noviembre de 1935), compuesta por dieciocho puntos que muestran que nace como una propuesta originalmente situada entre la tradición católica y la búsqueda de una alternativa a los modelos en pugna en los años treinta. Su lenguaje refleja tanto la influencia del corporativismo europeo como el influjo directo de la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente de Rerum Novarum y Quadragesimo Anno.

Analizados en su conjunto, los dieciocho principios permiten identificar cuatro ejes: el primero es su inspiración cristiana y nacionalista. El MNJC apela a la Doctrina Social de la Iglesia y a una identidad nacional con proyección hispanoamericana (principios 1, 2, 15 y 16). La centralidad del cristianismo impregna todos los principios, desde la educación hasta la organización social, lo que diferencia a este movimiento de las corrientes laicas o anticlericales de la época. Al mismo tiempo, la afirmación de lo chileno y el vínculo con Hispanoamérica se presentan como un antídoto frente a la dependencia cultural y económica del extranjero (principios 1 y 14).

El segundo eje es la crítica a los modelos políticos dominantes. El MNJC rechaza de manera explícita la democracia liberal, el socialismo y el fascismo (principios 5 y 10). En contraposición, plantea un Estado jerárquico y nacional (principio 4) que respete la integridad del hombre (principio 3), asegure la libertad dentro del orden (principio 6) y organice la sociedad a través de una estructura corporativa (principio 8), donde la representación política no descanse en partidos ni en clases, sino en cuerpos intermedios —gremios, sindicatos, asociaciones profesionales— coordinados por el Estado en función del bien común. A este diseño se suma el principio de descentralización administrativa y económica (principio 9), que introduce un matiz relevante: el Estado no debe ser centralista ni concentrar todas las decisiones en Santiago, equilibrándose así la lógica corporativa nacional con un orden territorial más participativo y menos dependiente del tradicional centralismo chileno.

El tercer eje que se puede identificar es la orientación social y comunitaria. Aunque el MNJC mantiene la defensa de la propiedad privada, los principios subrayan su función social y la necesidad de ampliar su acceso (principio 11). También reivindican la justicia social, la remuneración justa y el salario familiar (principio 12), la protección de la familia (principio 7) y la defensa del pueblo (principio 13). Se trata de un discurso que busca diferenciarse del individualismo liberal y de la lucha de clases socialista, apelando a una visión comunitaria, cristiana y paternalista de las relaciones sociales.

Finalmente, el último eje destaca la importancia otorgada a la juventud organizada como vanguardia del proyecto socialcristiano (principio 17). Se la concibe disciplinada, jerárquicamente estructurada y formada doctrinariamente. La apelación a la abnegación y al sacrificio en nombre de Dios y de Chile (principio 18) otorga un tono cuasi místico, propio de los movimientos juveniles de la época, donde la política se vive como misión y entrega.