UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)
Un espíritu joven en un viejo partido: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935) / Juventud católica, corporativismo y tensiones con el conservadurismo tradicional
Juventud católica, corporativismo y tensiones con el conservadurismo tradicional
La lectura de los primeros números de Lircay evidencia que el joven Movimiento había nacido con una misión mucho más profunda que la de solo conquistar a la juventud, aspirando a materializar un programa religioso, nacionalista y corporativista, inspirado en la doctrina social de la Iglesia y en las corrientes políticas que en la época buscaban una “tercera vía” frente al liberalismo y al socialismo.
Partiendo de una visión crítica sobre la realidad chilena —“Chile es un barco perdido en el océano. No sabe lo que quiere ni a dónde va. La tripulación no se pone de acuerdo ni en lo uno ni en lo otro; y falta quien, levantándose por sobre la multitud, señale un rumbo a seguir” (Lircay, n.° 3)—, los jóvenes del Movimiento plantearon que, para llevar al país a buen puerto, la primera misión —más que un simple objetivo— era restablecer la “paz de Cristo y el reino de Cristo”, considerada por ellos como la única forma de volver a la doctrina evangélica y remediar los males sociales (Lircay, n.° 2). Para concretar dicho propósito, sostenían la necesidad de un gobierno fuerte, capaz de reformar la institucionalidad “de un modo que sirvan a los intereses colectivos y no a los pequeños intereses personales”, siguiendo los lineamientos corporativistas de reunir capital y trabajo para poner fin a la lucha de clases (Lircay, n.° 2). Sin embargo, subrayaban que este cambio debía realizarse dentro de un esquema democrático, concebido como un sistema en el que todos los grupos participarían en la toma de decisiones, aunque ello no implicara necesariamente “un hombre, un voto” (Grayson, 1968, p. 112).
El activo sector juvenil que comenzó a crecer dentro del Partido Conservador adquirió prontamente una vida semiautónoma. Cada vez más recelosos del conservadurismo tradicional chileno —para el cual la ‘cuestión social’ no era sino la manifestación de una crisis moral generalizada; la pobreza debía enfrentarse a través de la caridad privada, sin que ello justificara transformaciones estructurales profundas; el Estado estaba llamado a cumplir un papel limitado; y la Iglesia era concebida como fuente de orden moral y guía espiritual de un Partido Conservador entendido como heredero y defensor de la tradición—, los jóvenes comenzaron a marcar una clara diferencia con sus mayores, lo que fue generando recelos entre ambas generaciones.
También la jerarquía eclesiástica, que veía con desconfianza la participación política de los jóvenes, manifestó sus reproches. Se temía que esta los expusiera a una contaminación ideológica, especialmente por influencias socialistas o liberales, generando divisiones entre los católicos y debilitando así la autoridad de la Iglesia. En noviembre de 1933 los obispos chilenos habían consultado al Vaticano sobre la legitimidad de esa participación. A mediados de 1934, el entonces secretario de Estado de Pío XI, el cardenal Eugenio Pacelli (futuro Pío XII), respondió que ningún partido político podía arrogarse la representación exclusiva de los católicos, pues su programa nunca tendría un valor absoluto y sus actuaciones prácticas siempre estarían expuestas a errores. Los fieles, en consecuencia, gozaban de libertad para constituir agrupaciones políticas particulares, siempre que respetaran los principios de la Iglesia. Esta afirmación de la neutralidad eclesial despejaba cualquier reparo doctrinal y abría espacio para que los jóvenes expresaran sus ideales, incluso cuando estos diferían del viejo conservadurismo (Ruderer, 2023, pp. 157-184).
