UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)

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La carta circular de junio de 1935

 

En octubre de 1934 Horacio Walker asumió la presidencia del Partido Conservador. De antigua tradición republicana y gran espíritu público, había integrado junto a Gumucio y otros la corriente civilista dentro del partido, que se oponía a la dictadura de Ibáñez. Tras la caída del régimen, en 1931, formó parte de la directiva presidida por Gumucio y participó en varias de las comidas organizadas en su casa, a las que también concurría el grupo de jóvenes católicos.

En el acto de traspaso de mando, Tomic se dirigió a los viejos dirigentes del Partido: “Vuestra generación no marcha sola: contad con nuestra juventud, ella reclama para así el sacrificio, todo el sacrificio que sea menester en aras de un gran ideal, el servicio de Dios que es el servicio de la Patria y que es también el principio y el fin, la razón primera y la razón última del gran credo conservador”. (El Diario Ilustrado, 10 de octubre de 1934)

Durante la presidencia de Walker se convocó a una asamblea nacional destinada a reunir a las juventudes conservadoras de todo Chile. El llamado apareció en el periódico Lircay el 24 de abril de 1935, en un aviso que señalaba: “Gran concentración nacional de juventudes del Partido Conservador. – En octubre próximo, Santiago será sede de una gran concentración nacional de juventudes del Partido Conservador. Expondremos ante la faz del país la integridad de nuestros ideales y el entusiasmo de nuestras juventudes. ¡Un espíritu joven en un viejo partido!”.

En junio de 1935, el Movimiento de los Estudiantes Conservadores —ya denominado Juventud Conservadora— dio a conocer, a través de una carta circular dirigida a “la juventud chilena”, la primera formulación de sus principios. En ella se diagnosticaba “la crisis de la época actual”, atribuida al liberalismo económico, a la decadencia moral y al socialismo. Como máxima aspiración, la carta proponía instaurar un “Orden Social Cristiano”, afirmando que los problemas debían resolverse a partir del “principio superior” del cristianismo, y no desde “la caprichosa voluntad de la mayoría ni la arbitraria voluntad de un gobernante”. El camino señalado era la organización corporativa, entendida como el fortalecimiento de los organismos intermedios entre el individuo y el Estado —familia, municipio, región, corporación—, junto con la consolidación de un Estado nacional y fuerte, capaz de situarse por encima de los intereses particulares y avanzar por la senda de la legalidad. Usando un tono mesiánico  —muy propio del naciente movimiento— se advertía además que “no creemos nuestros esfuerzos obtendrán resultados inmediatos. Sabemos que innumerables obstáculos bloquean nuestro camino. Pero esto no debe desanimarnos. El ideal tiene fuerza suficiente… para hacernos continuar a pesar de todos los obstáculos. Con nuestra vista fija en nuestro ideal y con nuestro paso firmemente plantado en el terreno de la realidad concreta, la victoria debe ser nuestra si somos capaces y la merecemos”. La circular fue suscrita por Bernardo Leighton, presidente; Gustavo Loyola, secretario; así como por Jorge de la Cruz, José Luis López, José Miguel Irarrázaval, Sergio Vergara, Alfonso Santa Cruz, Raúl Recabarren, Sergio Valenzuela, Guillermo González, Clemente Pérez, Radomiro Tomic y Rafael Agustín Gumucio (Grayson, 1968, pp. 467-472; Serrano, 1976, pp. 83-84).