UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)
Un espíritu joven en un viejo partido: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935) / La conquista de Rafael Luis Gumucio
La conquista de Rafael Luis Gumucio
Con el propósito de atraer a estos jóvenes estudiantes hacia el Partido Conservador, Gumucio ideó dos estrategias que ejecutó de manera paralela: la primera fue acusar a quienes promovían la abstención de los católicos de la vida política —y en particular de los partidos—, recordando que esa postura ya había sido condenada por el papa León XIII en Inmortale Dei e insistiendo en que “si los católicos no trabajan en partidos políticos, no influyen en las elecciones y, si no influyen en las elecciones, dejan la administración y la legislación entregada a los adversarios de la causa religiosa”. (Rafael Luis Gumucio, 1933, p. 12). Dado que el único partido confesional existente era el Conservador, resultaba evidente que este debía ser el espacio primordial desde el cual todos los católicos ejercieran su acción política.
La segunda estrategia fue la de la persuasión. Su hijo Rafael Agustín era compañero en la escuela de Derecho en la Universidad Católica de algunos de estos jóvenes católicos. Por su intermedio, logró reunir a un grupo integrado, entre otros, por Bernardo Leighton, Manuel Garretón, Ignacio Palma, Eduardo Frei y Radomiro Tomic. Los encuentros y conversaciones —realizados en su mayoría en el hogar de la familia Gumucio— se extendieron durante un tiempo, en paralelo a un escenario nacional de profunda inestabilidad política, social y económica. Aun cuando Gumucio reconocía “no saber nada de las encíclicas”, los jóvenes lo admiraban por su firme oposición a la dictadura de Ibáñez —que lo llevó incluso al exilio— y por su lealtad a los principios democráticos (Grayson, 1968, p. 108).
Las presiones de Gumucio comenzaron prontamente a dar los frutos esperados; Leighton decidió ingresar a la Asamblea de Propaganda Conservadora, órgano periodístico al servicio del pensamiento oficial conservador, “de vida lánguida y asistencia poco numerosa” (Silva Bascuñán, 1949, pp. 23-24), creyendo que desde ahí podría avanzar en las reformas sociales. Le siguieron Frei, Tomic, Garretón y Sánchez, aunque todos continuaron entregando sus mayores energías a la ANEC y a finalizar sus estudios. Fue en esta Asamblea donde aparecieron las primeras muestras de la distancia que separaba el ideario de los conservadores de aquel que defendían los jóvenes católicos.
En la convención conservadora de septiembre de 1932, el presidente del Partido, Héctor Rodríguez de la Sotta —civilista, aunque lejos de ser un “conservador de avanzada”— fue quien propició que las desavenencias quedaran expuestas de manera abierta y decisiva. Allí sostuvo que la misión esencial del Partido era defender la tradición hispano-católica, preservar el orden establecido y contener cualquier intento de transformación social profunda. Culpando al liberalismo y al sufragio universal de los desórdenes que afectaban al mundo, afirmó que los conservadores debían defender la libertad, pero “dentro del orden”, agregando que “democracia también, pero con igualdad de oportunidades, no de derechos; “No pueden tener los mismos derechos los capaces que los incapaces; es contrario al orden de la naturaleza”. En el ámbito económico, responsabilizó a las “tendencias socialistas” de la crisis mundial, exculpando completamente al modelo capitalista. Y, al abordar la ‘cuestión social’, afirmó sin ambages —desatendiendo las cartas de León XIII y de Pío XII (esta última publicada apenas el año anterior)— que “la existencia de ricos y pobres forma parte del plan providencial de Dios” (citado por Cash, 1986, pp. 70-71).
No obstante las palabras de Rodríguez, el debate desarrollado durante la convención y, sobre todo, su declaración fundamental aprobada por unanimidad —donde se afirmaba que “el Partido Conservador tiene como suprema aspiración el orden social cristiano (…). Conforma sus doctrinas y su acción a las enseñanzas de la Iglesia y entiende y sustenta los derechos, deberes y libertades en el sentido católico (…). Rechaza tanto el individualismo como el socialismo”— constituyeron un impulso decisivo para que los jóvenes resolvieran finalmente incorporarse a la colectividad. En sus palabras, “su objetivo final, el orden social cristiano, sería factible en el partido, si ellos eran capaces de renovarlo” (Serrano, 1976, pp. 79-80).
A comienzos de 1933 Leighton, junto a Manuel Garretón y algunos otros, se incorporaron de lleno a las filas conservadoras. Este hecho permitió la conformación “de un movimiento de los estudiantes conservadores cuyo objeto es llevar a sus filas a todos sus compañeros católicos”, a cuya cabeza quedó Bernardo Leighton y Rafael Agustín Gumucio (Silva Bascuñán, 1949, p.42).
Al poco tiempo, Manuel Francisco Sánchez, Radomiro Tomic, Ignacio Palma y Eduardo Frei siguieron los pasos de Leighton. Lo hicieron a regañadientes, atraídos más por los consejos filiales de Gumucio y el ejemplo de Leighton, que por el interés de integrarse a un partido al que consideraban anclado en el pasado, dominado por intereses oligárquicos y poco dispuesto a asumir las transformaciones sociales que demandaba la época. Esa tensión inicial marcaría el tono de su militancia, anticipando el distanciamiento que pronto los llevaría a organizarse de manera autónoma y a dar vida a un movimiento propio.
