UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)
Un espíritu joven en un viejo partido: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935) / Larson, Vives y Fernández Pradel: maestros de una generación reformadora
Larson, Vives y Fernández Pradel: maestros de una generación reformadora
En el caso de Chile, hacia 1915 este mensaje se manifestó en el surgimiento de diversas organizaciones juveniles al margen de los partidos políticos. Entre ellas destacó la Asociación de Estudiantes Católicos (ANEC), fundada ese mismo año por el sacerdote Julio Prestat y los jóvenes de la Universidad Católica Eduardo Cruz-Coke y Emilio Tizzoni. Paralelamente, se fueron organizando los Círculos de Estudios, destacando las célebres ‘reuniones de los lunes’ dirigidas por el sacerdote jesuita Jorge Fernández Pradel en el Colegio San Ignacio, que ponían el acento en el estudio sistemático de la doctrina de la Iglesia y, de manera especial, en la difusión de las ideas socialcristianas. Posteriormente, como resultado del asociacionismo católico promovido por Pío XI en 1931 se creó la Juventud de Acción Católica (JAC), con el fin de agrupar al laicado católico disperso en diversas asociaciones y establecer un vínculo con la jerarquía eclesiástica.
En la ANEC, y particularmente bajo la influencia del sacerdote diocesano Óscar Larson, estos jóvenes estudiantes —muchos de ellos de clase media y, en varios casos, provenientes de provincia— aprendieron que la misión imperiosa de toda persona era contribuir al país, y que la mejor forma de hacerlo consistía en impulsar un movimiento social situado por encima del sistema de partidos políticos.
Organizados en torno a los postulados de las encíclicas y de la Doctrina Social de la Iglesia, estos jóvenes alternaban sus estudios universitarios con la profundización intelectual que les ofrecía la lectura de autores como Jacques Maritain, Léon Bloy y Charles Péguy. Desde miradas distintas pero complementarias, estos pensadores convergieron entre fines del siglo XIX y comienzos del XX en una visión espiritual común, marcada por la crítica a la modernidad y el compromiso con la verdad y la justicia. Rigurosos en su ética, concebían la fe como una exigencia transformadora de la vida entera, sin concesiones a la comodidad ni a lo mundano. Como promotores del humanismo cristiano, aspiraban a ‘democratizar’ el pensamiento, superar la apatía del creyente y subrayar el valor de la dignidad de la persona, el bien común y la necesidad de un orden temporal fundado en principios cristianos. Estas convicciones ofrecían una orientación decisiva para una juventud enfrentada a la desigualdad, al liberalismo desmedido y a una crisis moral polarizada por la tensión entre capitalismo y revolución marxista.
Junto a Óscar Larson y Fernández Pradel, el sacerdote jesuita Fernando Vives también tuvo un papel importante en la formación de esta generación. En 1931 fundó la Liga Social, vinculada a la Acción Católica, cuyo objetivo era la defensa y práctica de la doctrina de la Iglesia, aunque sin involucrarse en la arena política. Rechazaba el capitalismo, recomendando una economía de tipo corporativo, y veía en el Partido Conservador a un “grupo de fósiles, ambiciosos e ignorantes”. (Grayson, 1968, p. 89) Entre los discípulos más cercanos a Vives destacaron pronto Jaime Eyzaguirre y Julio Philippi.
La labor de estos sacerdotes, y los espacios de encuentro que impulsaron —profundamente formativos y participativos—, contrastaban con los largos y monótonos discursos de los viejos políticos, pues ofrecían un ambiente de diálogo y reflexión. Gracias a ellos, los jóvenes estudiantes fortalecieron su formación doctrinaria, adquirieron confianza en sus propias capacidades y comenzaron a proyectarse como una generación llamada a renovar la vida pública del país.
