UN ESPÍRITU JOVEN EN UN VIEJO PARTIDO: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935)

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Un espíritu joven en un viejo partido: orígenes de la Falange Nacional (1915-1935) / Nace el Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora

Nace el Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora

 

Con una doctrina meridianamente articulada y un grupo cohesionado, el MNJC se reunió entre el 11 y 13 de octubre en el Teatro Principal, ubicado en pleno centro de Santiago, espacio tradicional de actos políticos y culturales de relevancia. La elección de este lugar respondía al interés de los organizadores por proyectarse como actores políticos de peso, ofreciendo ante la opinión pública una imagen de unidad y fortaleza.

Con la presencia de más de dos mil jóvenes delegados provenientes de distintas provincias y localidades del país, la asamblea fue inaugurada por Bernardo Leighton en su calidad de presidente del Movimiento. Su discurso, cargado de entusiasmo, optimismo y un marcado tono triunfalista, comenzó con la invocación al “Creador Supremo, a la Patria y al Partido Conservador”, para luego apelar a la “eterna novedad del Cristianismo” y a su “doctrina milenaria”, capaces de instaurar en pleno siglo XX un orden que diera respuesta a los “errores liberales y socialistas”. Sobre ese orden debía erigirse el Estado —entendido también como una creación divina— junto con las organizaciones intermedias, advirtiendo, sin embargo, que ninguno de los dos podía existir en “desmedro de los derechos esenciales de las personas”.

Al finalizar, Leighton subrayó el destino histórico que tenían los jóvenes católicos; su misión trascendía las coyunturas partidarias, para situarse en un plano superior, orientado a encarnar y proyectar en la vida pública los principios cristianos que consideraban permanentes y universales (Boye, 1986, pp. 60-62).

Tras la intervención de Horacio Walker, presidente del Partido Conservador, quien subrayó la solidaridad entre las generaciones de jóvenes y antiguos católicos, resaltando que esta savia nueva representaba “el gallardo rebrote” del “glorioso pasado” del Partido y la garantía de su “porvenir brillante” (El Diario Ilustrado, 12 de octubre de 1935), se dio inicio a las sesiones de estudio. En ellas se presentaron diversos trabajos preparados especialmente para la ocasión que, en un marcado espíritu doctrinario, profundizaron en los fundamentos del Orden Social Cristiano (El Diario Ilustrado, 12, 13, 14 y 15 de octubre de 1935).

En su conjunto, estas exposiciones reafirmaron el rechazo simultáneo al liberalismo, al fascismo y al comunismo, considerados sistemas incompatibles con la filosofía esencial del cristianismo, y sostuvieron que únicamente mediante la instauración de dicho orden sería posible alcanzar la salvación de la patria.

Se puso de relieve, además, la necesidad de recuperar las virtudes que habían inspirado la formación de la República como medio para despertar una nueva conciencia nacional. Del mismo modo, se destacó que la misión de la Juventud Conservadora no consistía únicamente en actualizar principios ya conocidos, sino en encarnarlos en la vida política y social del país, dándoles expresión concreta en las instituciones y en la acción pública, advirtiendo sobre la necesidad de fortalecer las organizaciones intermedias como espacios naturales de solidaridad y participación, todo ello bajo la convicción de que el Estado debía permanecer al servicio del bien común, por encima de intereses particulares o facciosos.

Casi al finalizar la asamblea, se escuchó la voz de un joven Radomiro Tomic, representante de la Juventud del Norte.  Con la elocuencia que lo caracterizaría a lo largo de su vida, afirmó que había nuevamente llegado la hora del Partido Conservador, “que las soluciones del futuro serán suyas y que suyo será el porvenir en alas de su juventud”. Sus palabras finales fueron un “estallido lírico”: “patria, patria nuestra, con tu nombre en el pecho, se ha puesto de pie una juventud” (Boizard, 1963, pp. 176-177).

El tono de las sesiones, a la vez reflexivo y militante, revelaba la voluntad de aquellos jóvenes de asumirse como portadores de una misión histórica, orientada a marcar el destino de Chile bajo una renovada inspiración cristiana. Se concebían a sí mismos como herederos legítimos del espíritu conservador, aunque no necesariamente del Partido Conservador.

En el acto de clausura Frei explicó que la juventud no llegaba al Partido Conservador ni por seguir una tradición ni un sentimiento, sino como resultado de “mirar intensamente, sufrir y estudiar en silencio”, agregando que “esta juventud que tenía un pensamiento llegó hasta el Partido lealmente. Llegó hasta los jefes, expuso clara y nítidamente su manera de pensar, sin reticencias, sin medias tintas. Ella tenía una mentalidad nueva, ansias incontenibles. Y fue recibida en estas condiciones. Ni una sola de sus ideas fue despreciada. Era un aporte. El Partido Conservador supo comprender la hora que vivía y el soplo renovador no le cogió de sorpresa, antes bien formó una sola fuerza en que se aúnan la experiencia con la intrepidez, donde se conserva lo sustancial, donde se corta fría y  duramente si es preciso lo caduco” (El Diario Ilustrado, 15 de octubre de 1935).