El texto a continuación fue escrito por su hijo José Aylwin Oyarzún hace dos años, el 21 enero de 2022, día en que falleció su madre

No es fácil encontrar las palabras adecuadas para despedir a Leonor, nuestra madre.

Pretender dar cuenta en pocas frases sus casi 103 años de vida y lo que ella ha sido para nosotros sería pretencioso.

Sería igualmente pretencioso hablar de sus más de setenta años de maternidad, maternidad que hasta hace pocas semanas -hasta la caída que la postró en cama privándola de la movilidad que le daba sentido a su vida- siguió ejerciendo con rigurosidad, con consejos, y a veces con mandatos que no era fácil incumplir.

Si hay una característica, un concepto que define lo que ha sido su vida es la de haber sido una sobreviviente.

Parece una paradoja señalarlo ahora que parte, pero ella sobrevivió con creces las expectativas del ciclo vital de las personas que viven en los países con más desarrollo humano del planeta.

Sobrevivió a la temprana pérdida de su padre cuando tenía 17 años

Sobrevivió después a la pérdida de un novio poco antes del matrimonio comprometido.

Sobrevivió más tarde a la partida de sus cinco hermanas, siendo ella la mayor de todas.

Sobrevivió en casi seis años a la partida de Patricio, nuestro padre, el amor de su vida.

En fin, sobrevivió, a un tiempo que se fue y que con el nuevo siglo cambia aceleradamente hacia nuevos tiempos, a los que por lo mismo, a ella le era difícil adaptarse.

Pero junto a su sobrevivencia, la que habla de la relación con quienes la rodearon, con su generación y con su tiempo, hay dos características adicionales centrales de nuestra madre; su fortaleza y su inteligencia, sin las cuales no habría llegado hasta ahora con nosotros.

Fortaleza para enfrentar la adversidad y sobreponerse a cada pérdida, encontrando en cada momento un sentido a la vida

Con dicha fortaleza apoyo a su madre viuda, nuestra abuela Ana, a la formación de sus hermanas menores y a la precaria economía familiar

La misma fortaleza la llevó a superar en cada etapa de su vida las muchas dificultades que debió enfrentar y salir adelante.

En la última etapa de su vida dicha fortaleza la hizo superar múltiples neumonías, y otras enfermedades críticas que la afectaron, e incluso el Covid, una a una, hasta que su cuerpo no pudo seguir resistiendo

En cuanto a su inteligencia, ella motivó desde joven su preocupación por los problemas sociales que el país vivía. Fue esa preocupación, surgida de su educación en un liceo público y de su fe y valores cristianos, la que despertó su interés en conocer a Patricio, nuestro padre, tras haber leído un artículo que él había escrito sobre las condiciones de los obreros del carbón en Lota. Esta inquietud, además de la química, por cierto, fue determinante en que rápidamente formara con él pareja, luego matrimonio, y finalmente familia con quien fuera su compañero de vida.

Su inteligencia también fue determinante en que –no obstante la centralidad que nuestro padre tuvo en su historia, comprensible luego de la historia de pérdidas que había vivido,  y el rol secundario a que las mujeres eran generalmente relegadas en esa época- ella no dejara nunca de tener historia propia.

Así, junto con acompañar a nuestro padre en todos sus desafíos y luego de tenernos a nosotros -sus cinco hijos- realizó los estudios que antes, en su complejo contexto familiar, no pudo realizar, graduándose como orientadora familiar en el Instituto Carlos Casanueva.

Fue a través de sus estudios, que compartía con nosotros en la casa, que supimos de la Gestalt y de otras terapias innovadoras, mucho antes que nosotros, sus hijos e hijas, tuviésemos que recurrir a dichas terapias.

Dichos estudios la llevaron a intensificar su trabajo en apoyo a mujeres de bajos recursos para enfrentar los múltiples problemas que cotidianamente experimentaban en un medio caracterizado por la precariedad económica y la discriminación de género.

La misma inteligencia, su compromiso social y su formación profesional, la llevaron en el gobierno de nuestro padre, a formar Prodemu, Programa de Desarrollo de la Mujer, entidad a través de la cual, trascendiendo un enfoque asistencial, dio continuidad al trabajo en apoyo a mujeres en sectores populares. Junto a ello dio vida a la Fundación Integra, entidad de apoyo a la educación de niños y niñas pre escolares de familias de extrema pobreza, hasta hoy existente.

Con ello, nuestra madre desafió el rol oficial decorativo de primera dama que tanto le incomodaba.

Más tarde en su vida, desafió también el rol tradicional de la abuela y bisabuela chocha – el que a decir verdad fue desempeñado con más entusiasmo por nuestro padre que por ella – siendo ella más bien una orientadora, en particular de sus nietas mujeres.

Así dedicó parte importante de sus últimas décadas de vida a compartir con Patricio, a la pintura de cerámicas, a sus jardines en Santiago y en Algarrobo, y sobre todo a la lectura.

Ávida lectora, sus libros favoritos, además de aquellos que referían las historias de las monarquías, que formaban parte del bagaje cultural de su época, eran los que abordaban diferentes formas de miseria humana, como la opresión de pueblos durante las guerras, la sumisión de las mujeres en las dinastías chinas, o las condiciones infrahumanas en que vivía la población en la India.

La misma inteligencia la mantuvo lúcida y preocupada de la contingencia del país y del mundo hasta hace poco. No es extraño por ello que hace menos de un mes atrás se emocionara cuando nuestro hermano Miguel le leyera la carta que el obispo Alejandro Goic escribió a Gabriel Boric sobre los desafíos que el presidente electo debería enfrentar desde la perspectiva cristiana.

Como todo ser humano, nuestra madre tuvo también debilidades, de las que estaba tan consciente, que fueron una de sus preocupaciones centrales en la última conversación que sostuvo con el padre Mariano, hace pocas semanas atrás.

Como hijos e hijas, sin embargo, nos quedamos con su grandeza, con su fortaleza, con su inteligencia, la que ha sido central en nuestras vidas, en gatillar nuestras inquietudes, en iluminar nuestros caminos tanto en lo público, en nuestras profesiones y vocaciones, como en lo privado, al formar nuestras familias.

Quiero terminar en este momento de su despedida de este mundo compartiendo con ustedes un sueño que ella tuvo y me contó en el invierno pasado, cuando sobrevivió a una de las tantas neumonías que la aquejaron, de las que con su fortaleza habitual se recuperó.

En su sueño, en el que como suele suceder se mezclan la ficción con la realidad, ella entraba caminando de la mano de nuestro padre a la cancha de un Estadio Nacional repleto de gente, tal como ocurrió la tarde del 12 de marzo de 1990 en un acto que quiso exorcizar los horrores que allí habían ocurrido en dictadura y marcar simbólicamente, con sencillez, el inicio de una nueva etapa en la vida del país caracterizada por el respeto a las personas y a su dignidad.

Al igual que en la realidad, en el sueño ella iba vestida de blanco. A mitad de camino, al cruzar la cancha, ella empezaba a elevarse del suelo, y poco a poco iba subiendo en el aire,  hasta finalmente desaparecer en el cielo de la mano de mi padre, un sueño tan mágico que  nos retrotrae a las imágenes que Chagall pintara en sus cuadros.

Pienso que ahora, como en el sueño que me relatara, nuestra madre vuela con su vestido blanco, de la mano de Patricio, nuestro padre, hacia el infinito, dejando atrás una historia de vida, de fortaleza, de inteligencia, que ha iluminado las vidas de nosotros, sus hijos e hijas, la de sus nietos y nietas, la de sus bisnietos y bisnietas, y la de tod@s con quienes formamos familia, y de seguro, iluminará la vida de sus descendientes que han de venir a quienes trasmitiremos dicha historia, su historia.

Descansa en paz mamá, te querremos y recordaremos siempre

Jose Aylwin Oyarzún