Cinco líneas centrales del pensamiento político de Patricio Aylwin
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Raíces de una vocación
A mi juicio, los fundamentos del pensamiento de Patricio Aylwin -que se mantienen en el tiempo- se forjan en su familia.
Su padre, Miguel Aylwin, fue un juez masón. Era un hombre recto, de costumbres metódicas, que se había formado a sí mismo con mucho esfuerzo, llegando a ser presidente de la Corte Suprema. Su madre, Laura Azócar, era una mujer católica bastante moderna y culta para su época, que tenía un marcado sentido social. Los cinco hijos fueron católicos, lo que era común en el Chile del siglo XX: padres masones, madres e hijos católicos. Su única hermana (Carmen Aylwin) hizo votos religiosos, dedicando su vida a trabajar con los más pobres. Los cuatro hombres fueron abogados. Todos tuvieron una vida profesional y pública destacada: Andrés Aylwin fue diputado antes y después de la dictadura y un reconocido abogado defensor de derechos humanos; Arturo Aylwin fue profesor universitario y llegó a ser Contralor General de la República; Tomás Aylwin es un prestigioso abogado, el único de los hermanos que aún vive.
Desde los diez años, Patricio Aylwin vivió con su familia en una casaquinta ubicada en San Bernardo, una ciudad pequeña entre Santiago y el mundo campesino del valle del Maipo. La casa estaba frente a la maestranza de ferrocarriles y a poca distancia del Liceo de Hombres, donde los hermanos Aylwin Azócar compartían aulas con hijos de obreros ferroviarios, de militares del Regimiento de Infantería de San Bernardo y de los pocos profesionales que vivían en una ciudad que destacaba por su activa vida cultural.
Laura Azócar era una gran lectora. Con ella, mi padre leyó a Edmundo de Amicis y, según recordaba, lloraban juntos con la travesía de Marco entre Los Apeninos y Los Andes. Mi abuela repitió lo mismo conmigo. Siendo niño, lo marcaron los libros de Baldomero Lillo, novelas sociales que relataban la vida de los trabajadores del carbón (Sub-Terra) y del salitre (Sub-Sole). En su adolescencia, se fascinó con Los Miserables de Víctor Hugo y leyó Los Girondinos de Lamartine, lecturas que le daba su padre Miguel. Mi padre era admirador de Ortega y Gasset y de Miguel de Unamuno. Le gustaban la poesía y las marchas militares. Hasta su ancianidad —falleció en abril de 2016, a los 97 años— continuaba recitando poemas de Amado Nervo, Rubén Darío, las Catilinarias de Cicerón, así como versos de Calderón de la Barca y Lope de Vega. También solía cantarnos —con poca entonación, pero con gran entusiasmo— la Canción de Yungay, arias de la ópera Carmen o el Cielito Lindo.
Entre los episodios que mi padre y sus hermanos contaban de San Bernardo, estaba el haber visto cuando llegaban los obreros del salitre hambreados caminando por la línea del tren que pasaba frente a la casa familiar, pidiendo comida. Creo que fue algo que los marcó. También fue una influencia, especialmente para mi padre, un hermano de su madre: Guillermo Azócar, senador y uno de los fundadores del Partido Socialista chileno. De hecho, las primeras participaciones políticas de mi padre las hizo apoyando al Frente Popular y la campaña del presidente Pedro Aguirre Cerda.
Como universitario, Aylwin participó en un grupo de jóvenes que hicieron un discernimiento para decidir a qué partido político ingresar. Todos ingresaron al Partido Socialista; solo él y su hermano Andrés lo hicieron a la Falange Nacional. En ello, pesó su fe católica y también el haber conocido a jóvenes falangistas a través de la creación de una Academia Jurídica y Social, iniciativa impulsada por el Centro de Derecho de la Universidad de Chile, a la cual invitaron a participar a estudiantes de Derecho de la Universidad Católica. En la inauguración de dicha academia, Aylwin invitó a asumir la responsabilidad de prepararse para actuar en la vida pública, recordando las recomendaciones de Ortega y Gasset:
Si Uds. pretenden actuar en la vida pública sin prepararse antes debidamente, pasará esto: actuar en la vida pública es actuar sobre la gran masa nacional, y Uds., sin formación, no serán un grupo fuerte y orgánico, sino una pequeña masa, se cumplirán las leyes inexorables de la mecánica histórica: la masa mayor aplastará a la menor. Para actuar sobre una masa hay que dejar de serlo, hay que ser fuerza viva, hay que ser grupo en forma.
Discurso en la inauguración de la Academia de Estudios Jurídicos y Sociales del Centro de Derecho de la Universidad de Chile, 6 de noviembre de 1939.(APA-0157)
Su involucramiento con los estudiantes de la Universidad Católica lo familiarizaron con el pensamiento humanista cristiano. Leyó las Encíclicas Sociales, así como a Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, además de otros autores representativos de este ideario. En 1946 ingresó finalmente a la Falange Nacional, partido que había sido fundado por jóvenes católicos que se escindieron del Partido Conservador en 1935. Posteriormente, fue uno de los fundadores de la Democracia Cristiana en 1957. Durante esa etapa, su generación recogió las ideas de dos grandes intelectuales chilenos. Uno fue Aníbal Pinto, autor del libro Chile, un caso de desarrollo frustrado”(1959); el otro fue Jorge Ahumada y su libro En vez de la miseria” (1958) que, junto a las políticas de la Cepal cuya sede se estableció en Chile, fueron otra fuente para el pensamiento político de Patricio Aylwin.
