Cinco líneas centrales del pensamiento político de Patricio Aylwin
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Búsqueda de la justicia social
La búsqueda de la justicia social fue una de las motivaciones esenciales de la vida de Patricio Aylwin y la que desde muy joven lo llevó a preocuparse de los asuntos públicos. Son muchos los discursos, escritos y acciones que revelan su profundo compromiso por aportar a la construcción de una sociedad más justa.
Junto con ello, como dirigente de la naciente Democracia Cristiana fue un comprometido colaborador en la elaboración programática para las campañas presidenciales de Eduardo Frei Montalva (1958 y 1964). Como senador, participó activamente en las reformas sociales que impulsó el gobierno del presidente Frei (1964-1970), especialmente en la controvertida reforma agraria, representando a una zona eminentemente agrícola. Entonces Chile tenía un 30% de campesinos que vivían aún en situación de inquilinaje y miseria, sin acceso a servicios básicos como educación y salud. Además, grandes extensiones agrícolas eran improductivas.
Durante el gobierno de la Unidad Popular, siendo uno de los líderes de la Democracia Cristiana, principal colectividad política de la oposición, Patricio Aylwin sostuvo junto a su partido una posición favorable a los cambios sociales impulsados por el gobierno, aunque muy crítica de la forma en que se estaban llevando a cabo, al límite o al margen de la institucionalidad democrática. En tiempos de retórica revolucionaria en América Latina posterior a la revolución cubana, la gran diferencia que separaba a la administración de Allende de la Democracia Cristiana estuvo en cómo se hacían los cambios y hacia qué modelo de sociedad se orientaban: un ‘socialismo estatista’ o un ‘socialismo comunitario’. Aunque Aylwin nunca adhirió con entusiasmo a la corriente del llamado ‘socialismo comunitario’, hacia el final del gobierno de Frei Montalva una parte importante de la Democracia Cristiana postulaba la unidad con la izquierda, idea que Radomiro Tomic —candidato democratacristiano en la elección presidencial de 1970— denominaba la ‘Unidad Social y Política del Pueblo’. Tras el triunfo de Salvador Allende, sin mayoría absoluta, correspondía que el Congreso Nacional ratificara su elección. El sector más cercano a esa postura era partidario de proclamarlo sin condiciones. En ese debate interno, Aylwin sostuvo:
El hombre de izquierda es el que prefiere la justicia al orden y el hombre de derecha es el que prefiere el orden a la justicia. Nosotros somos de izquierda. Yo me siento de izquierda y si estoy en este partido e ingresé a él, fue cuando este partido salió de la derecha y se puso en una línea de izquierda, hace muchos años. Pues bien, quiero decirles lo siguiente: una cosa es ser de izquierda y otra es renunciar a ser nosotros mismos para identificarnos con otra gente de izquierda. Unidad sí, pero no de cualquier manera…
Creo, camaradas que tenemos que ser firmes, no en el sentido de cerrar las puertas, pero sí firmes en el sentido de dejar claro: votaremos por Allende, si nos da, efectivamente, el Estatuto de Garantías Democráticas consagradas constitucionalmente en los términos que nosotros le hemos planteado.
Discurso de Patricio Aylwin en la Junta Nacional del PDC, 4 de octubre de 1970. (APA-1624)
La diferencia estaba en la valoración de la democracia, el respeto al Estado de derecho y el rechazo de la violencia.
La experiencia de la Unidad Popular condujo al país a un severo deterioro económico. La estatización y toma de empresas, la fijación de precios, la falta de inversión, la alta inflación, la escasez de productos y el control de la distribución de bienes esenciales provocaron una profunda crisis. Las grandes transformaciones sociales no derivaron en una mayor justicia social, sino que acentuaron la división y la paralización del país. Esa era la situación en la antesala del golpe militar de septiembre de 1973.
Posteriormente, desde inicios de los años ochenta, las políticas de la dictadura se centraron en la privatización de empresas y servicios públicos, junto con la apertura de los mercados. El foco de la política económica y social estuvo en la competencia: la educación pública debía competir con la privada y los padres podían elegir; lo mismo ocurría en el ámbito de la salud. La inversión pública se redujo de manera significativa, lo que derivó en bajos salarios, alta cesantía y una vida sindical reducida a su mínima expresión. Y si bien a partir de 1985 se inició una etapa de crecimiento económico, los frutos de ese dinamismo no alcanzaron a los amplios sectores postergados de la población.
Ambas experiencias —la del gobierno de la Unidad Popular y la de la dictadura militar— estuvieron muy presentes en las definiciones de la Concertación de Partidos por la Democracia que, desde 1990, impulsó una política de ‘crecimiento con equidad’ orientada a superar la pobreza que, al término de la dictadura, afectaba a más del 40% de la población.
Patricio Aylwin tenía la convicción de que no bastaba el crecimiento económico para que esos sectores salieran de su situación. Incluso llegó a sostener que ‘el mercado era cruel’, porque discriminaba entre ricos y pobres, afirmación que generó una discusión pública sobre lo que había querido decir. Pero al mismo tiempo entendía que no era posible superar las desigualdades solo con políticas estatales y sin crecimiento económico. Así lo expresó en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de 1990:
Sin justicia social cualquier democracia, por próspera que sea, vivirá bajo la permanente amenaza de que el natural descontento de los sectores postergados en demanda de equidad, se transforme en agitación que perturbe los procesos del desarrollo económico, y ponga en jaque la estabilidad del propio régimen político.
Para lograr la paz y la estabilidad en la convivencia nacional es, pues, indispensable, procurar al mismo tiempo la democracia en lo político, el crecimiento en lo económico y la justicia en lo social. Esta es, precisamente, la tarea en que los chilenos estamos empeñados.
Discurso del presidente Patricio Aylwin ante la Asamblea General de Naciones Unidas, 28 de septiembre de 1990. (PRES-122)
Aunque muchos esperaban revertir las privatizaciones y restablecer el control estatal sobre los servicios públicos tras la liberalización económica de la dictadura militar, el gobierno optó por impulsar reformas que, conservando la apertura y las políticas de mercado, fortalecieron el rol y liderazgo del Estado en el ámbito social. Bajo la orientación de impulsar un ‘crecimiento con equidad’, el gobierno de Patricio Aylwin logró acuerdos con un sector de la derecha que le permitieron aprobar en el Congreso Nacional una reforma tributaria, una reforma laboral y un estatuto docente para los profesores, entre otras iniciativas. El aumento de la inversión y la focalización del gasto en la reducción de la pobreza y mejoramiento de los servicios básicos, se llevó a cabo junto con un importante impulso a la inserción de Chile en el mundo, incentivando la apertura de los mercados y la inversión privada.
En un encuentro con el Partido Socialista —integrante de la Concertación de Partidos por la Democracia, que respaldó el gobierno de Patricio Aylwin y los tres gobiernos siguientes hasta 2010—, expresó así su visión en el ámbito económico y social:
Todos los partidos que formamos la Concertación por la Democracia creemos que no basta con que las sociedades crezcan y se modernicen, que es necesario superar el problema de la extrema pobreza que aflige a vastos sectores de la humanidad y de nuestro propio país, y afirmamos, junto con el valor de la libertad y de los derechos humanos y, en cierto modo, como complemento de esos mismos valores, el valor de la justicia social. No creemos que basta con que los países crezcan si ese crecimiento ha de significar que algunos prosperan en la abundancia y llegan a niveles de vida de los países más ricos, mientras otros siguen viviendo en la pobreza o en la miseria.
Queremos justicia, pensando que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y que esa igualdad en dignidad de la persona humana significa la necesidad de buscar medios de vida que le permitan a todos tener acceso a una condición acorde con los tiempos. Este es un valor que nos identifica. Y hay un (otro) valor que nos identifica: vivimos tiempos en los que la experiencia universal parece demostrar que los caminos de desenvolvimiento más eficaces de la economía se fundan en los mecanismos del mercado. Pero frente a los mecanismos del mercado, nosotros afirmamos que el Estado, como órgano superior del bien común, como institución en que se organiza la sociedad para el ejercicio de la autoridad y la satisfacción de las necesidades colectivas, no puede cruzarse de brazos, no es un mero espectador; que el Estado tiene una función directriz que cumplir, porque eso es exigencia de su propia naturaleza, de ser órgano de realización del bien común.
Lo dije en el Congreso del Partido Democratacristiano y lo repito aquí, convencido de que democratacristianos y socialistas, y también radicales y PPD y humanistas y los demás partidos que forman parte de la Concertación, todos participamos de la misma idea: no queremos la dictadura del Estado, pero tampoco queremos la dictadura del mercado.
Discurso del presidente Patricio Aylwin en acto de clausura del congreso programático del Partido Socialista, 13 de diciembre de 1992. (PRES-651)
Tras concluir su mandato presidencial, Patricio Aylwin fundó la Corporación Justicia y Democracia, desde donde presidió la Comisión Latinoamericana y del Caribe sobre Desarrollo Social, que elaboró un informe sobre América Latina con miras a la Cumbre de Desarrollo Social realizada en Copenhague en 1995 (“Informe Desarrollo Social en Latinoamérica”. Iniciativa del BID, PNUD y Cepal. El documento puede ser consultado en: https://repositorio.cepal.org/server/api/core/bitstreams/52d9ddad-5ea9-417c-beb7-2a0ec5ebbc81/content), instancia que su gobierno había apoyado en Naciones Unidas. Dos años más tarde, luego de recorrer diversos países latinoamericanos y contribuir a la búsqueda de acuerdos orientados a conciliar democracia, crecimiento económico y equidad social, señaló lo siguiente en un Seminario sobre economía social de mercado y lucha contra la pobreza realizado en Colombia:
No puedo ocultar que me asombra y rebela escuchar o leer doctas opiniones según las cuales el único remedio para superar la pobreza es el crecimiento económico y para lograrlo no hay otro camino que dejar operar en libertad a la ‘mano invisible’ del mercado.
No parece necesario gastar muchos argumentos para refutar ambas afirmaciones. Los simples hechos demuestran su falsedad.
Claro está que el crecimiento económico es requisito necesario para superar la pobreza; pero la experiencia histórica demuestra que no es suficiente. Con todo lo que ha crecido la riqueza en este siglo, no debieran quedar pobres en el mundo. Pero es un hecho doloroso y cruel -que motivó la Cumbre Mundial de Copenhague de marzo de 1995- que, a esta altura de los tiempos, al finalizar el segundo milenio de la Era Cristiana, uno de cada cinco seres humanos viva en la pobreza. Y en Estados Unidos, la nación más rica y poderosa de la tierra, autorizadas voces nos dicen que hay más de treinta millones de pobres y que la pobreza va en aumento.
Esperar que el libre juego del mercado favorezca a los pobres es desconocer el hecho indiscutible de que los pobres no tienen poder de compra. El documento final de la referida Cumbre expresa textualmente al respecto: «el desarrollo social no se logrará simplemente mediante la libre interacción de las fuerzas del mercado. Es necesario que existan políticas oficiales que corrijan las fallas de los mercados, complementen los mecanismos comerciales, mantengan la estabilidad social y creen un entorno económico nacional e internacional que favorezca el crecimiento sostenible a escala mundial. Ese crecimiento debería promover la equidad y la justicia social, la tolerancia, la responsabilidad y la participación.
De las 170 naciones que estuvieron presentes en esa Conferencia, 120 de ellas representadas por sus jefes de Estado o de Gobierno, nadie sostuvo la tesis de que el camino para derrotar a la pobreza en el mundo fuera el simple crecimiento económico y el libre juego de los mercados. ¡Nadie!
Por el contrario, expresamente se dijo lo siguiente: «Para que el crecimiento económico y la interacción de las fuerzas del mercado sean más conducentes al desarrollo social se requiere», entre otras acciones, «mejorar, ampliar y regular, en la medida necesaria, el funcionamiento de los mercados, con el fin de promover la estabilidad económica sostenida, el desarrollo sostenible y la inversión a largo plazo, la competencia leal y una conducta ética, y adoptar y aplicar políticas tendientes a fomentar la distribución equitativa de los beneficios del crecimiento y proteger los servicios sociales más importantes, entre otras cosas, complementando los mecanismos del mercado y mitigando todo efecto negativo de las fuerzas del mercado .
Como ha dicho Michel Camdessus, el director Gerente del Fondo Monetario Internacional, ‘a la mano invisible’ del mercado es necesario agregar la mano fuerte de la justicia del Estado y la mano de la solidaridad.
Discurso de Patricio Aylwin en Seminario sobre economía social de mercado y lucha contra la pobreza, mayo 8 y 9 de 1997, Medellín, Colombia.
