Hace 80 años: el ingreso de Patricio Aylwin Azócar a la Falange Nacional
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Esfuerzos por decidir la doctrina falangista
En marzo de 1947, el Consejo Nacional de la Falange manifestó la urgente necesidad de avanzar en la definición doctrinaria y en la orientación estratégica del movimiento. En ese contexto, en su calidad de consejero nacional, Aylwin redactó un memorándum en el que profundizó varias de las preocupaciones doctrinarias y políticas que venía desarrollando desde sus años de aproximación inicial al falangismo.
Convencido de que las ideas y la doctrina constituían fundamentos esenciales de toda organización política seria, Aylwin reiteró lo que años antes había planteado a Jorge Rogers: la necesidad de que la Falange contara con “una línea política clara y definida”, que no estuviera subordinada ni a conveniencias electorales ni al simple afán de ampliar adhesiones circunstanciales. A su juicio, el crecimiento del movimiento solo podía sostenerse sobre la coherencia doctrinaria y la credibilidad moral.
El memorándum constituye un testimonio particularmente revelador de las tensiones doctrinarias y estratégicas que atravesaban a la Falange Nacional durante sus años de consolidación política. Más que un simple documento interno, el texto refleja el esfuerzo de Aylwin por identificar las causas profundas de las “desavenencias, divisiones [e] indisciplinas” que afectaban al movimiento, las cuales atribuía a una “falta de definición clara” y a una “definición insuficiente” respecto de cuestiones fundamentales de su identidad política. Desde esa perspectiva, el memorándum puede leerse como una temprana reflexión de Aylwin acerca de la necesidad de otorgar coherencia doctrinaria a la Falange y evitar que sus contradicciones internas terminaran debilitando su proyecto histórico.
Uno de los aspectos centrales del texto es la preocupación por la naturaleza de la acción política. Aylwin advertía que la Falange oscilaba entre dos concepciones distintas y difícilmente conciliables. Por una parte, existía una visión que concebía la política como “un apostolado de testimonio de verdad y justicia”, basado en la coherencia moral y en el ejemplo cotidiano. Sin embargo, coexistía otra interpretación que entendía la acción política como la construcción de “una comunidad cívica” destinada a convertirse en “la prefiguración del Estado futuro”. En el fondo, Aylwin percibía una tensión permanente entre quienes privilegiaban la dimensión ética y testimonial del movimiento y aquellos que aspiraban a transformarlo en una verdadera fuerza capaz de disputar el poder y reorganizar la sociedad.
El memorándum también abordaba las ambigüedades existentes en torno a la doctrina política falangista. Según Aylwin, algunos sectores tendían a considerar la doctrina del movimiento como “la única expresión auténtica del cristianismo social y político”, postura que implicaba una fuerte dependencia respecto de la jerarquía eclesiástica y del pensamiento católico tradicional. Otros, en cambio, la concebían simplemente como “la expresión más acertada del cristianismo social”, reconociendo implícitamente la legitimidad de otras expresiones políticas inspiradas en el cristianismo. Detrás de esta discusión se encontraba una cuestión decisiva para el futuro del movimiento: el grado de autonomía política e intelectual que la Falange debía mantener respecto de la Iglesia.
Particularmente significativa resulta la reflexión de Aylwin acerca de la cuestión social y de la misión política del movimiento. El memorándum afirmaba que la tarea de la Falange consistía en “realizar la redención temporal de nuestra ciudad temporal”, aclarando expresamente que “no nos corresponde la salvación de las almas”. De este modo, Aylwin diferenciaba con claridad la misión espiritual de la Iglesia de la acción política concreta del movimiento, la cual debía orientarse a corregir “la opresión de los más débiles por los más fuertes”.
En ese contexto, el documento reconocía incluso la existencia de una verdadera “lucha de clases”, originada en la dominación económica y social de los poseedores del capital sobre los trabajadores. Aylwin señalaba que, frente a ese conflicto, “nosotros estamos con el trabajo, en las filas del trabajo”, y añadía que compartían “su objetivo, que es el triunfo sobre el capital”. Estas afirmaciones muestran hasta qué punto el joven Aylwin y otros dirigentes falangistas se encontraban influidos por una sensibilidad social profundamente crítica del orden capitalista y cercana al socialcristianismo reformista europeo. Sin embargo, el mismo texto revela también las vacilaciones internas del movimiento, pues junto a esa visión confrontacional coexistía otra postura que proponía superar la opresión “por los poseedores del dinero y por los trabajadores conjuntamente”, privilegiando fórmulas de armonía social y colaboración entre clases.
Las mismas indefiniciones aparecían en el plano estratégico. Aylwin advertía que la Falange se debatía entre actuar junto a las fuerzas de izquierda —“estamos con las fuerzas de izquierda sin pertenecer a ellas” — o mantenerse completamente independiente, “al margen de las izquierdas y de las derechas”. La ironía con que el texto cita la expresión “Sólo la Falange salvará a Chile” sugiere que Aylwin observaba críticamente las tendencias aislacionistas y mesiánicas presentes en algunos sectores del movimiento.
Finalmente, el memorándum identificaba diferencias respecto de la finalidad última del proyecto político falangista. Mientras algunos enfatizaban “la grandeza de Chile como Nación”, otros aspiraban a “la grandeza de Chile como Pueblo”. Detrás de esta aparente diferencia semántica se expresaban dos concepciones distintas del desarrollo político y social: una más tradicional y estatal, y otra más centrada en las transformaciones sociales y en la dimensión popular del proyecto nacional.
La conclusión del documento sintetizaba el sentido de toda la reflexión. Aylwin afirmaba que “estos cinco puntos son los fundamentales de todos nuestros desacuerdos”, y proponía reconstruir una “unidad de ideas” capaz de superar las fracturas internas del movimiento (“Memorándum de Patricio Aylwin sobre los desacuerdos fundamentales en la Falange Nacional”, 1947).
El memorándum revela así a un joven dirigente preocupado por dotar de coherencia intelectual y política a la Falange Nacional, consciente de que su viabilidad futura dependía no solo de la voluntad de sus dirigentes, sino también de la capacidad del movimiento para resolver sus propias contradicciones doctrinarias.
