Hace 80 años: el ingreso de Patricio Aylwin Azócar a la Falange Nacional

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Las dudas frenta al ingreso a la Falange

Pese a su creciente interés en el socialcristianismo, Aylwin experimentó durante varios años profundas dudas respecto de la conveniencia de ingresar a la Falange Nacional. Esas vacilaciones no fueron superficiales ni circunstanciales. Reflejaban, por el contrario, una actitud extraordinariamente exigente respecto del compromiso político y una negativa a asumir adhesiones doctrinarias sin plena convicción racional y moral.

El documento más revelador sobre este período es una carta dirigida a su amigo falangista Jorge Rogers en octubre de 1944. En ella, Aylwin responde a las insistentes invitaciones de Rogers —actuando a sugerencia de Eduardo Frei Montalva— para que ingresara al movimiento falangista. La carta constituye un testimonio excepcional sobre su estado intelectual y emocional en esos años.

En el texto reconoce explícitamente sentirse desorientado desde el punto de vista ideológico. Señala que el Partido Socialista le producía desencanto debido a sus divisiones internas, sus personalismos y la falta de dirigentes de gran estatura moral e intelectual: El Partido Socialista está “desintegrado por personalismos y pequeñeces, y falto absoluto de auténticos dirigentes, de hombres de moral firme y pensamiento amplio”.

La observación resulta importante porque demuestra que el joven Aylwin no rechazaba el socialismo debido a sus preocupaciones sociales o económicas —muchas de las cuales compartía—, sino por razones éticas y políticas. Le preocupaba el deterioro moral de los partidos y la ausencia de liderazgos intelectualmente sólidos.

Sin embargo, tampoco lograba adherir plenamente al ideario falangista. En la misma carta reconoce: “Yo desgraciadamente no tengo una verdad; todavía no encuentro la mía, ni alcanzo a posesionarme de la que vosotros me ofrecéis. Estoy desorientado… En estos instantes yo sería un pésimo falangista, porque carezco de fe en la Falange, porque no creo en ella como creen los falangistas, porque a pesar de la enorme y cordial simpatía que le profeso no puedo dejar de sentir escepticismo a su respecto”.

Estas palabras revelan un rasgo central de la personalidad política de Aylwin: su rechazo a asumir doctrinas sin antes haberlas sometido a una profunda reflexión personal. La política, para él, no podía basarse únicamente en lealtades afectivas, entusiasmos generacionales o impulsos emocionales. Requería convicción intelectual y certeza moral.

Por eso llega a afirmar que, en esas condiciones, sería “un pésimo falangista”. El argumento es extraordinariamente significativo: no bastaba simpatizar con la Falange o admirar a sus dirigentes; era necesario creer verdaderamente en el proyecto político que ella representaba: “Jamás me atrevería a proclamar una verdad de la cual no estuviera plenamente convencido”.

La frase sintetiza una visión profundamente racional y moral del compromiso político. Aylwin desconfiaba del voluntarismo ideológico y de las adhesiones puramente sentimentales. La política exigía estudio, comprensión de la realidad y convicciones doctrinarias sólidas.

En el mismo texto agrega que aún le faltaba “el fuego interno de la fe que me empuje hacia adelante” y que, por ello, no se sentía capaz de sostener una polémica política seria. Sus dudas, por tanto, no provenían de indiferencia o apatía, sino precisamente de la intensidad con que concebía el compromiso público. (“Carta de Patricio Aylwin a Jorge Rogers S., respecto a invitación a ingresar como militante a la Falange Nacional”, octubre de 1944).

Las vacilaciones de Aylwin no se limitaban a sus propias incertidumbres personales. También existían dudas respecto de la propia Falange Nacional y de la claridad de su orientación doctrinaria.

En la misma carta enviada a Jorge Rogers en octubre de 1944, Aylwin manifestó que el movimiento parecía todavía desorientado y que sus definiciones resultaban excesivamente vagas. Particularmente crítico se mostraba respecto de la actitud de la Falange frente al comunismo y frente a las tensiones políticas de la época:

“¿Qué es lo que pensáis? ¿Qué propiciáis? ¿Cuál es vuestra solución? Las cambiantes circunstancias de la política cotidiana no os han permitido sino definir unos cuantos trazos fundamentales, pero más o menos vagos, del ideario falangista y a pesar de vuestros veinticuatro puntos estoy cierto que aún no habéis precisado los contornos del edificio que queréis construir”.

La observación es importante porque demuestra que Aylwin se aproximaba al movimiento desde una posición crítica e intelectualmente exigente. No estaba dispuesto a ingresar a una organización que careciera de una línea doctrinaria clara y coherente.

En otro pasaje de la misma carta afirma: “Vuestras palabras suenan muy bonitas, son sinceras y valientes, son justas y sensatas; pero no se ve claro a través de ellas”.

Esta crítica anticipaba tensiones que acompañarían durante años a la Falange Nacional: la coexistencia de diversas sensibilidades doctrinarias y estratégicas dentro del movimiento. Aylwin percibía tempranamente que el partido oscilaba entre una identidad confesional más cerrada y la aspiración a convertirse en un amplio movimiento nacional reformista.