Hace 80 años: el ingreso de Patricio Aylwin Azócar a la Falange Nacional

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Juventud universitaria y búsqueda ideológica

Durante sus años universitarios, Aylwin participó activamente en espacios de discusión política e intelectual donde se debatían las grandes transformaciones sociales y doctrinarias que atravesaban Chile y el mundo durante las décadas de 1930 y 1940. Formó parte de un grupo de jóvenes integrado, entre otros, por Felipe Herrera, Clodomiro Almeyda, Carlos Altamirano y Jorge Millas, que buscaban definir sus posiciones ideológicas frente a la crisis del liberalismo tradicional, el ascenso de los totalitarismos europeos y el impacto de las ideas socialistas en América Latina.

Este ambiente universitario tuvo una influencia decisiva en la formación intelectual de Aylwin. Según recuerda Renán Fuentealba, el futuro presidente mantenía especial cercanía con ese grupo debido a su origen común en la Universidad de Chile y particularmente por su amistad con Clodomiro Almeyda (Fuentealba, BCN). No resulta extraño, por tanto, que durante esos años sintiera mayor afinidad hacia ciertas expresiones del socialismo que hacia el mundo socialcristiano.

El propio Aylwin reconocería posteriormente que, hacia fines de la década de 1930, se sentía “más cerca del socialismo que del socialcristianismo” (Aylwin, El reencuentro de los demócratas, p.104). Esta afirmación resulta particularmente reveladora porque rompe con una imagen retrospectiva excesivamente lineal de su formación política. Aylwin no nació ideológicamente dentro de la Falange. Su aproximación al humanismo cristiano fue gradual y mediada por una preocupación fundamental: la búsqueda de una doctrina capaz de compatibilizar democracia, justicia social y dignidad humana.

La evolución de su pensamiento estuvo profundamente influida por vínculos personales con dirigentes falangistas y miembros del clero católico progresista. Aylwin recordaría años más tarde que su amistad con Aquiles Savagnac, Javier Lagarrigue y especialmente Jorge Rogers, junto con el conocimiento de sacerdotes como Francisco Vives, Jorge Gómez y Manuel Larraín, lo acercaron a las encíclicas sociales de la Iglesia y al pensamiento de Jacques Maritain.

Ese descubrimiento tuvo consecuencias decisivas. Según sus propias palabras, aquellas influencias “me abrieron los ojos hacia una perspectiva humanista, de inspiración cristiana, comprometida con la justicia social” (Aylwin, El reencuentro de los demócratas, p.104). La frase permite comprender que el elemento decisivo en su aproximación al falangismo no fue el catolicismo entendido como identidad religiosa tradicional, sino la posibilidad de construir un proyecto político moderno, democrático y socialmente transformador inspirado en una concepción cristiana del ser humano.

En consecuencia, el interés de Aylwin por la Falange Nacional se relacionó desde un inicio con la idea de que el socialcristianismo podía constituirse en una alternativa frente tanto al capitalismo liberal tradicional como al marxismo revolucionario. Lo atraía especialmente la idea de una “misión civilizadora” del humanismo cristiano, capaz de conducir profundas reformas sociales sin destruir las libertades democráticas.