Hubo inmediatas reacciones, de aplauso las más, pero también de crítica. El gobierno vio en el Acuerdo una “traición al pueblo” e insistió que “el camino institucional está trazado por la Constitución Política aprobada en 1980”.
El Movimiento Democrático Popular manifestó que no lo aprobaba, exigiendo la salida inmediata de Pinochet como condición para iniciar el proceso de transición.
El Partido Comunista manifestó que el Acuerdo adolecía de «notorias insuficiencias» y llamó a la desobediencia civil y la rebelión para poner fin a la dictadura.
Monseñor Fresno, con fecha 31 de agosto, envió una carta al presidente de la República en que le pedía tener en cuenta todo lo positivo que significaba el acuerdo logrado.
Recién el 14 de octubre, bajo la firma del Ministro Secretario General de la Presidencia, mayor general Santiago Sinclair, llegó la escueta respuesta de Pinochet: «S.E. agradece sus oraciones para que Dios bendiga sus pasos de gobernante y me encarga transmitirle que él hará lo mismo por V.E. en beneficio de su misión de Pastor«.
La unánime reacción internacional respecto al Acuerdo fue de esperanza y apoyo.
Más por abrir canales de comunicación con el gobierno que por oficializar una entrega del Acuerdo, “los hombres del cardenal” intentaron tomar contacto con las autoridades. Solo lograron reunirse con el subsecretario del Interior, Alberto Cardemil, a quien le entregaron el documento oficialmente y le solicitaron una reunión con el ministro del Interior Ricardo García, la cual nunca se llevó a cabo.
Dado que el gobierno no había abierto aún ningún cauce de diálogo, el inmovilismo y la creciente impaciencia pusieron a prueba las relaciones entre los partidos políticos de los firmantes del documento, así como las de estos con sus respectivas bases. El tiempo apremiaba.