ACUERDO NACIONAL PARA LA TRANSICIÓN A LA PLENA DEMOCRACIA
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A 40 años del Acuerdo Nacional, la historia invita a no olvidar cuánto puede lograr el diálogo cuando hay voluntad de encuentro.
El valor del Acuerdo Nacional
Se presentan a continuación extractos de las intervenciones que hicieron algunos de los firmantes y gestores del Acuerdo en un seminario organizado por la Corporación Justicia y Democracia al cumplirse diez años de la firma del documento.
Cardenal Juan Francisco Fresno (Arzobispo de Santiago al 25 de agosto de 1985)
Como Pastor, sentía la responsabilidad de buscar caminos de encuentro, dolido de ver a la comunidad nacional tan desunida como era la nuestra entonces, y de obtener la unánime aprobación del esfuerzo que se hacía por conducirla hacia el entendimiento, hacia la búsqueda conjunta de nuevos caminos en que primara lo que unía sobre lo que enfrentaba.
Vi claramente que mi papel, entonces, consistía en empujar hacia el entendimiento a un grupo de hombres de buena voluntad, aunque de muy diversas maneras de pensar y de sentir. Comprendí que no me correspondía ser enérgico, pero tampoco podía ser blando.
Me atrevo, nuevamente, a pedirles que tengamos oídos y que oigamos, y distingamos, otra vez, en este momento de Chile, lo que une y acerca, de lo que enfrenta y aleja. Ruego al Señor y a Su Madre Santísima que las semillas de entendimiento y unión que hace diez años se sembraron no sean nunca ahogadas.
René Abeliuk (firmante del Acuerdo – Vicepresidente del Partido Social Democracia al 25 de agosto de 1985)
Ciertamente el Acuerdo Nacional no surgió de la nada. La tarea de monseñor Fresno y de sus colaboradores fue decisiva para que llegáramos a este texto de consenso. Pero, sin duda, antes se había intentado por distintos actores restablecer el diálogo entre sectores que estaban, o habían estado, en contraposición. El restablecimiento de la amistad cívica, del diálogo, del entendimiento como base del sistema político, fue lo que Chile resolvió hace diez años, y es el camino que ahora estamos recorriendo con éxito
Con posterioridad al Acuerdo Nacional, fue posible que se definiera que la oposición que enfrentaba al general Pinochet, lo haría por el camino de introducirse dentro del sistema político vigente, de entrar a la institucionalidad y desde dentro de ella conseguir lo que hoy hemos alcanzado: el restablecimiento de nuestra democracia
Por ello, cada vez que Chile vuelva a enfrentar períodos y decisiones semejantes, recordemos que la gente común, los electores, los ciudadanos, esperan que sus conductores sepan llegar a los acuerdos necesarios para sacar adelante al país en forma semejante a lo que ha estado ocurriendo en estos últimos años.
Andrés Allamand (firmante del Acuerdo – Presidente de Unión Nacional al 25 de agosto de 1985)
El Acuerdo Nacional rescató para la democracia una cuestión esencial: nuestra democracia, en algún minuto, en alguna fecha pretérita, antes por cierto de 1973, perdió la capacidad para admitir que ella es un sistema en el que cohabitan y coexisten, simultáneamente, las diferencias y las coincidencias. Cuando la democracia es entendida, como un campo de Marte, cuando la democracia es percibida únicamente como el lugar para el enfrentamiento, cuando la democracia es simplemente imaginada como aquél espacio donde unos triunfan y otros son derrotados, cuando la democracia es visualizada como un ámbito donde cualquier negociación es deslealtad y cualquier concesión una traición a las propias utopías a y los sagrados principios, más temprano que tarde, inevitablemente sucumbe.
En el año 1985 se suscribió el Acuerdo Nacional, y algunos hoy tozudamente sostienen que fracasó por no haber fructificado plenamente en ese momento. ¡Error! Ese Acuerdo fue un éxito en su mérito mismo, como ya hemos visto. Más aún, la casi totalidad de sus disposiciones se materializaron en la Reforma Constitucional de 1989. Muchos de los que habían estado en contra del Acuerdo de 1985 coincidieron con su materialización práctica cuatro años después. ¡Qué mayor éxito para una iniciativa política!
Desde un punto de vista político, el adoptar la «vía institucional», que clausuraba de hecho otras vías aventuradas como aquellas que validaban «todas las formas de lucha» fue el primer gran efecto del Acuerdo Nacional, pues encauzó la vida política y la dinámica partidaria en la forma que todos conocemos.
Quizás lo más importante que hizo el Acuerdo Nacional, en el terreno de los hombres, fue que recuperó el valor de la lealtad democrática.
Patricio Aylwin (firmante del Acuerdo – Partido Demócrata Cristiano)
Las naciones, como las personas, construyen su vida mirando hacia el futuro, pero el presente se hace cada día a partir de las experiencias del pasado. De ahí la importancia de que los pueblos aprendan de su historia. Nuestra historia nacional nos enseña ciertos rasgos a los que el Cardenal Silva Henríquez llamó el “alma de Chile”. Algunos de ellos —que en gran medida implican la continuidad democrática e institucional de nuestra patria— han sido la primacía del derecho sobre la arbitrariedad, la tolerancia a las opiniones ajenas y la tendencia a no extremar los conflictos, sino a procurar resolverlos mediante soluciones consensuales.
El Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia, formalizado hace diez años, fue un testimonio significativo de la voluntad de importantes sectores de chilenos para avanzar por el camino que la historia patria nos señala: el de buscar consensos nacionales. Y, aunque en ese momento no logró los frutos que esperaba, constituyó un importante y decisivo aporte en el proceso de reencuentro de Chile con la democracia.
Carlos Briones (firmante del Acuerdo – Secretario general del Partido Socialista al 25 de agosto de 1985)
Para dimensionar el Acuerdo como un acontecimiento que la memoria histórica de Chile no ha olvidado ni debe olvidar, hay que considerarlo en el doble aspecto de su contenido sustantivo y en sus proyecciones, como un trascendente aporte movilizador e impulso a la causa democrática.
En lo primero, es notable la conceptualización ética y política, de solemnes y definidas connotaciones de principios generales de orden jurídico-político, al decir en su preámbulo «que los valores democráticos deben regir nuestra convivencia» y que, para alcanzarlos, se requiere la «entrega ordenada del poder político a autoridades revestidas de plena e indiscutible legalidad democrática». El documento, que es una verdadera Carta (empleamos la palabra Carta en el sentido que históricamente se atribuye a documentos de esta naturaleza) de deberes políticos y morales, define lo que se entiende por reconciliación como “el pleno respeto del derecho a la vida y a todos los demás derechos contemplados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y Pactos Complementarios”, lo cual significa rechazar la violencia, venga de donde venga, como método de acción política.
El documento se apoya en sólidas bases nacionales y en principios universales de respeto a la opinión ajena y a los derechos humanos, y condena la lógica de la guerra como expresión suprema de la violencia institucionalizada. Frente a esa lógica de la guerra, el Acuerdo promueve una pacífica movilización nacional para la divulgación de sus principios.
Fernando Léniz (uno de los tres “hombres del cardenal”)
Como coordinadores y cooperadores del cardenal en la gestación del Acuerdo, cuyo aniversario celebramos, fuimos testigos de los grandes recelos y desentendimientos que había inicialmente entre los participantes, de los conflictos vigentes que desunían y enfrentaban, y que, aun al interior de algunos partidos, existían corrientes diversas que buscaban objetivos distintos y patrocinaban estrategias diferentes. Recordemos cuánto se discutían temas como la legitimidad de la Constitución de 1980, la permanencia del general Pinochet y las dudas que flotaban en torno a la continuidad de la política económica.
Sergio Molina, José Zabala y yo estuvimos presentes en esas apasionadas discusiones, y pudimos apreciar la enorme generosidad de que dieron muestra los muchos personeros que tuvieron actuación para que pudiera llegarse a la firma del Acuerdo Nacional.
Luis Maira (firmante del Acuerdo – Coordinador de la Izquierda Cristiana al 25 de agosto de 1985)
Siento que, gracias a la fuerza y grandeza de la convocatoria de monseñor Fresno, a la actividad persistente de los coordinadores y a la buena voluntad colectiva de los participantes del Acuerdo Nacional, se trazó un programa justo para un Chile posible, se restableció la amistad cívica interrumpida y se comenzaron a articular grandes fuerzas que, más tarde, permitieron la cabal realización de lo que en ese momento parecía solo un documento importante más.
No puedo dejar de recordar, con emoción, el clima de tolerancia, amistad y afecto cívico que rodeó nuestras reuniones del Círculo Español.
Si bien no pudimos en ese instante poner en vigencia este texto —surgido gracias a la grandeza y generosidad del cardenal Fresno— como base para la transición, yo creo que allí, a pesar de ello, fundamos un nuevo cuerpo de ideas para reconstruir la convivencia política, para organizar la continuidad de la vida económica de Chile y para preparar eficazmente la reinserción internacional del país.
Sergio Molina (uno de los tres “hombres del cardenal”)
Se logró un comportamiento razonablemente disciplinado dadas las circunstancias, lo que fue especialmente delicado por la información que se daba de las reuniones y por la tendencia natural al protagonismo en la vida política. Una información transmitida en forma ambigua, o la diversidad de informantes sobre un mismo hecho, puede ser motivo de contradicciones mayores, surgidas muchas veces de un detalle. Una lección que me ha quedado grabada es la importancia de la discreción, la disciplina y la veracidad.
Las primeras reuniones fueron muy tensas, pero poco a poco el conocimiento mutuo fue derritiendo prejuicios, abriendo comprensiones y creando lazos de afecto, lo que permitió realizar los encuentros en un ambiente más distendido y confiado, aunque se mantenían las diferencias de pensamiento que ninguno ocultaba y que marcaban el límite para tratar solo lo que se había acordado. Me quedó claro, entonces, la necesidad de crear confianza, y definir en forma clara los temas de acuerdo y de no engañar, introduciendo tópicos que no corresponden a las materias acordadas
No se puede avanzar en el perdón o en la comprensión del otro sino se tiene una actitud generosa. Si pienso que voy a imponer la totalidad de mis convicciones y no estoy dispuesto a dejarme convencer por el otro, mejor no participo de un acuerdo. Esa fue la actitud del gobierno del general Pinochet, pero fue muy distinta la que se dio al interior de los participantes del Acuerdo. Todos tuvieron que ceder con relación a sus posiciones iniciales. Nadie pretendió avanzar sin transar. Nadie se sintió poseedor de toda la verdad. De ahí viene el recuerdo de generosidad, que está muy ligado a la humildad. El soberbio no transa, y es la peor de las condiciones humanas para construir la democracia.
Gabriel Valdés (firmante del Acuerdo – Presidente del Partido Demócrata Cristiano al 25 de agosto de 1985)
El valor histórico de esa gestión fue que demostró varias realidades básicas de nuestra nacionalidad chilena: 1) Que es un país de profundas raíces cristianas; 2) Que ansía, como bien supremo, la paz, la libertad y la justicia; 3) Que responde a los valores de la democracia como forma de gobierno y al diálogo como instrumento indispensable para lograr consensos; y 4) Que los consensos son la base de la estabilidad democrática, del respeto a la institucionalidad jurídica, del crecimiento económico, de la justicia social y de la seguridad nacional.
En el recuerdo histórico que los actores políticos podemos hacer de ese período, aparece con claridad que existió permanentemente un contrapunto entre la palabra de la Iglesia y la de quienes buscábamos el diálogo y el acuerdo como método de solución. Más aún, los actores políticos democráticos no habríamos tenido la fuerza necesaria para resistir tantas dificultades, si no hubiera existido, por parte de la Iglesia, una permanente actitud de rechazo a los abusos y de apoyo a la búsqueda de soluciones.
El Gobierno Militar creyó —y así se dijo— que con su rechazo el Acuerdo había muerto. Sin embargo, sobrevivió porque se había creado entre los firmantes una amistad cívica verdadera, fundamento esencial de toda democracia, y porque la figura del cardenal Fresno nos recordaba que había sido ante él donde habíamos concordado las ideas básicas.
José Zabala (uno de los tres “hombres del cardenal”)
A pesar de las complejas circunstancias que atentaron contra una férrea unión entre sus firmantes, el Acuerdo Nacional fue novedoso en un Chile que aparecía manso y resignado, aunque existieran expresiones de protesta; fue esperanzador, ya que demostró que era posible el diálogo y el entendimiento entre muy distintas corrientes de opinión; fue una advertencia al gobierno de que un arco político bastante extenso pedía rectificar determinados aspectos del esquema que se buscaba imponer; fue una señal hacia adentro del país, y hacia afuera, de que en Chile había una alternativa al gobierno de Pinochet; fue, en fin, una irreversible apertura hacia la democracia.
Si se piensa en la crisis de convivencia que sufrimos desde mucho antes del 11 de septiembre de 1973, es lícito afirmar que, a pesar de todos los embates que el Acuerdo soportó, logró reabrir un diálogo, sano y constructivo, que los chilenos no habíamos tenido quizás desde la década del 60. Aunque algunos se empeñaron en hacerlo fracasar, su éxito fue iniciar la reconstrucción de los cimientos morales de esa convivencia nacional perdida.
Lo hizo posible un obispo chileno —gran y confiado rezador, cordial, acogedor y humilde—, quien, angustiado por el enfrentamiento entre chilenos, puso su esperanza ante todo en Dios pero también en un grupo disímil de hombres de buena voluntad.
