ACUERDO NACIONAL PARA LA TRANSICIÓN A LA PLENA DEMOCRACIA
A 40 años del Acuerdo Nacional, la historia invita a no olvidar cuánto puede lograr el diálogo cuando hay voluntad de encuentro.
Hacia un consenso mínimo
Las reuniones individuales dejaron en evidencia que, aunque existían profundos recelos y divisiones entre los entrevistados, los aspectos en que había acuerdo eran más que aquellos en que se discrepaba:
Todos coinciden en que Juan Francisco Fresno puede contribuir al consenso de la civilidad.
Unánime buena disposición y apertura al diálogo con otras corrientes políticas.
No a la violencia. (Proceso violento en los extremos que atrae a la juventud y a los marginados).
Indispensable acuerdo con las Fuerzas Armadas (aunque difícil con Pinochet). Casi unánimemente se ha expresado como básico: 4.1. Exclusión —aunque no proscripción— del Partido Comunista, aunque renuncie a la vía violenta (liquidado políticamente interna y externamente).4.2. Buscar reformas básicas a la Constitución de 1980, más que su repudiarla (Han señalado que en esto hay muchos avances). 4.3. Asegurar que, respetando la justicia, no habrá venganza ni tribunales especiales para los delitos cometidos. Urgencia por niveles de clases.
Necesidad de un plan socioeconómico, además de uno sociopolítico.
De una u otra forma todos han dicho que actitud de la Democracia Cristiana es “espina dorsal” del consenso.
Búsqueda de fórmulas para debate público de las ideas.
Fresno, quien el 7 de mayo había sido nombrado cardenal, decidió entonces hacer una reunión conjunta en el convento jesuita de Calera de Tango. Asistieron: Patricio Aylwin, Carlos Briones, Francisco Bulnes, Enrique Silva, Pedro Correa, Andrés Allamand, Gabriel Valdés, René Abeliuk, Hugo Zepeda, Fernando Léniz, Sergio Molina y José Zabala.
En su exposición inicial, el cardenal afirmó que su papel era empujar a los asistentes “suave, aunque enérgicamente, hacia la búsqueda de una clara línea común«.
Tras la intervención de todos los asistentes, quedó de manifiesto una preocupación unánime por alcanzar pronto acuerdos que permitieran conformar un interlocutor válido ante las Fuerzas Armadas. El cardenal propuso entonces la formación de una comisión encargada de redactar un borrador, el cual sería sometido a la revisión y consideración individual de cada uno de los presentes, con miras a avanzar hacia un texto de consenso y compromiso compartido. La propuesta fue bien recibida, y se acordó encargar esa tarea a los denominados “hombres del cardenal”.